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HUANCAVELICA. LA JUSTICIA HECHA A MEDIDA

Los alguaciles de la cordillera

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No visten uniforme, pero llevan colgados del cuello unos látigos de cuero de res, por eso, a su paso, todos los miran de reojo y con cierto respeto. Se trata de los alguaciles del centro poblado de Pichos, en el distrito de Huaribamba, provincia de Tayacaja. Ellos son, a su modo, los encargados de mantener la paz social.

Estos alguaciles no solo se dedican a la seguridad ciudadana, sino también a sancionar a quienes cometan alguna falta contra la moral y las buenas costumbres. Son elegidos democráticamente por la comunidad, con un mandato por un año, y cumplen las funciones de policía y juez a la vez. Su decisión es ley y se cumple en el acto.

Sus decisiones abarcan delitos menores y contra la moral; para delitos mayores como crímenes, narcotráfico o terrorismo --plagas que asuelan la zona-- acuden al puesto policial más cercano, ubicado en el distrito de Sapallanga, a la salida de Huancayo, a tres horas de viaje por una angosta carretera llena de curvas y profundos abismos.

"Solo en Pichos funciona un sistema como este; en ningún otro lugar del país existe esta costumbre, que es necesaria por la falta de presencia del Estado y, además, data de tiempos ancestrales", comenta el alcalde de esta localidad, Cerapio Cunyas Quispe.

Los alguaciles de Pichos se distinguen de cualquier otro campesino porque llevan una manta atada a la espalda en la que cargan hojas de coca, cigarros, aguardiente, refresco o gaseosa y su fiambre, además del látigo. Ellos tienen una especie de reglamento único para ejecutar los castigos.

Así, por faltar a una faena comunal el infractor recibe tres latigazos. Las faltas menores, como esta, son ejecutadas por los subalternos.

Para las faltas más graves, como la infidelidad y el robo, los castigos son más dolorosos y contemplan un ritual que avergüenza a los sancionados.

Estos alguaciles, elegidos por la comunidad, son objeto de agasajos en las fiestas de este pequeño y pacífico pueblo de 300 familias, que han encontrado en estos hombres y mujeres a sus autoridades más representativas que les dan la seguridad que el Estado no puede.

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