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AUTOGOL CRÓNICO

Loco por el vóley

A 20 años del subcampeonato de vóley en Seúl, una reflexión de un deporte cuya 'crisis' es ser tercero del continente. Algo que en el fútbol sería éxito

Por Juan Manuel Robles. Periodista

Por estos días se cumplen veinte años de la hazaña de la selección de vóley en Seúl 88. Ya sé que todos vibran y se emocionan con eso, pero, si me permiten, quiero enterrar el tema de una buena vez. Los que deseen recordar, cambien de página o vayan al You Tube y vean otra vez a Gaby Pérez del Solar llorando, altísima, sin consuelo, o al entrenador soviético gritando como un tigre siberiano. Manos morenas hay de sobra para el recuerdo. Hoy tengo ganas de hacer una apología del vóley, no del pasado.

Hay varias razones para volverse un fanático del vóley: la principal y la más obvia es que somos buenos jugándolo. No es un motivo menor, creo. Todo el mundo recuerda lo que hicieron las viejas glorias, lágrimas de plata en Seúl, pero dejemos a esas señoras en paz: el vóley está vivo y nada es más actual que la imagen de Raffaella Camet, niña símbolo de la selección de menores, volando por los aires para hacer un saque-mate, jugada complicadísima que nuestras matadoras de antaño nunca dominaron (ni siquiera la enorme Cecilia Tait). Ya era hora de que una peruana pudiera hacerlo tan bien como las brasileñas asesinas.

Hace dos semanas la selección de vóley de menores clasificó otra vez a un mundial. Ganaron 3-0 a todos sus rivales antes de que Brasil las aplastara en la final. Uruguay, Argentina y Venezuela perecieron con roche ante la exquisita coordinación blanquirroja. Así nos va. En los torneo anteriores --que supuestamente demostraron la debacle del combinado patrio-- cedimos el segundo puesto y nos ubicamos terceros. Nuestro piso --la llamada "crisis del vóley"-- fue quedar terceros y perder la clasificación a Beijing. Todo un desastre castigado con la indiferencia.

Mientras tanto, el país 'chelea' y grita cuando un tal Juan Manuel Vargas lanza el pase-gol que nos elevará al penúltimo puesto de Sudamérica en fútbol. Vargas hizo lo que mejor sabemos: levantó la humillada cerviz. En contraste, el buen vóley es mirar hacia arriba todo el tiempo, una coreografía de conjunto, una tensión equilibrista que se termina en el mate-explosión. Aquí se juega excelente vóley, y más gente debería verlo. No por eso de "apoyar a las chicas", sino porque podríamos disfrutar de grandes espectáculos muy cerca de casa. ¿Hace cuánto no vemos un partido de liga? ¿Se han ganado con Latino versus Circolo? ¿Sabían que la espectacular Vivian Baella (la mejor del sudamericano) hace de las suyas en el Wanka? ¿No es patético que Deportivo Géminis nos suene a un club de la liga astral?

Me gusta el vóley peruano porque demuestra la intrascendencia final de variables como la autoestima, el amor propio, los 'condicionantes sociales' y todas esas tonterías que, ociosamente, queremos encontrar cuando un deportista peruano pierde. Ahora resulta que si nos golean es porque falta "ayuda profesional". Pamplinas. Las chicas de menores son habitantes de un país injusto, subdesarrollado, varias vienen de carencias extremas y viven en residencias de la federación. Así salen subcampeonas. Ganan porque son buenas: si a eso le suman chamba, aplastan rivales matándose de risa. Nadie les escribe un libro llamado "Ese set existe".

Hacerse fanático de un deporte es cuestión de costumbre: si no, miren a los australianos que llenan estadios inmensos para jugar esa cosa que solo ellos entienden. Si el deporte simula la lucha de un hombre contra el destino, haríamos bien en encariñarnos con el vóley. Para así alucinar que somos buenos. Para creérnosla.

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