Por: Juan Paredes Castro |
Podría no creerlo nadie. Es más: podría estar a punto de suceder lo que ha sucedido muchas veces en el Perú: que el azar termine haciendo bien el trabajo que no ha podido hacer la previsión.
En efecto, nadie podía haber imaginado solo semanas atrás que la presidencia de Javier Velásquez Quesquén en el Congreso pudiera abocarse más temprano que tarde a una agenda por la que nadie daba un centavo: la agenda de las reformas electorales o cómo llegar al 2011 con reglas de juego que nos eviten la vergüenza de tener el sistema político que tenemos.
Más que de la previsión la agenda es fruto del azar, prácticamente de la carta sacada de la manga por la Oficina Nacional de Procesos Electorales, cuyo proyecto de cambios y reformas de la ley electoral no era precisamente del agrado del Congreso porque tampoco lo era de los partidos políticos representados en él.
¡Cómo iba a serlo si lo que persigue el proyecto es garantizar la democracia dentro de los partidos sobre la base de elecciones internas supervisadas y certificadas!
Hasta el Jurado Nacional de Elecciones, que parecía tentado, una vez más, a entrar en pelea con la ONPE, respecto de quién tiene más iniciativa legislativa que quién acabó apoyando las reformas electorales planteadas y haciendo causa común a favor de las mismas.
El Congreso, hasta hace poco renuente a efectuar estas reformas enfrenta ahora no solo una presión muy fuerte a favor del recorte del mandato de sus miembros, de cinco años a solo dos años y medio, sino también un rechazo desusado a la fuente política de donde ellos provienen: los partidos políticos.
De modo que el azar se abre paso y bien por distintos causes hacia uno obviamente mayor: el de la construcción de una nueva institucionalidad política que haga más confiable el sostenimiento de la estructura de desarrollo integral del país, para que en tiempos de crecimiento como el actual no tenga que dar tantos pasos decisivos en medio de la incertidumbre.
La previsión puede ser buena o mala, como el azar igualmente bueno o malo. A falta de una buena previsión el hecho de estar, por azar, en la mejor circunstancia para impulsar un indispensable proceso de reformas electorales, es ya de por sí una oportunidad que los peruanos no podemos dejar de pasar.
¿Acaso no bien recordamos la oportunidad de la Mesa de Diálogo auspiciada por la OEA que sobrevino, por azar, al derrumbe del régimen de Alberto Fujimori, convirtiéndose en la pieza clave de reconstrucción de nuestro sistema democrático?
El azar seguirá siendo todavía por mucho tiempo un recodo feliz en el pedregoso camino de nuestra mal construida institucionalidad política.