Por Mariella Balbi
Pese a que en los taxis ocurren actos criminales, son los menos. Por lo general el taxista limeño es amable, conversador, chismosón y --una buena mayoría-- amante del raje político. Sus carros son básicamente vejancones, les roban el radio a menudo y ganan promedio 1.200 soles mensuales, según 'trabajo de investigación' personal. Hay los que tienen carro propio, los que lo alquilan por 40 soles diarios y los que tienen alquiler-venta, la opción menos atractiva, pues les toca ocuparse del seguro y mantenimiento. Para un ingreso como el mencionado se debe trabajar cerca de 10 horas diarias. Ser taxista es el refugio del desempleado y permite tener un sueldo no tan bajo. Por eso cada vez hay más taxis y, como la gente se ha (o había) volcado al consumo, la demanda es (era) sostenida.
Los amigos taxistas no tienen idea de la ubicación de las calles (en Buenos Aires, por ejemplo, es indispensable para obtener la licencia), y los menos cuentan con seguro para el vehículo. Es el típico círculo vicioso: carro viejo le repele a las aseguradoras y si lo aceptan la cuota es carísima. El regateo por la tarifa es un clásico y le da al Perú un color local. Lo mismo que el tocar claxon insistentemente para llamar la atención de un potencial cliente o hacer un paradero informal donde ven que hay oportunidades de negocio. Porque ellos --téngalo en claro-- están trabajando y usted no. Un taxista en esa circunstancia me chocó hace poco. Estaba en la avenida Petit Thouars, pasando Hiraoka. Era el primero en la fila y esperaba ávidamente un cliente. Yo quería doblar a la derecha y tuve que hacerlo desde el carril del medio. Ya tenía más de "medio cuerpo adentro" (tres cuartos) y ¡paff! me chocó.
Pude dejarlo ir, pero mintió tanto que me indignó. Llamé al seguro, estábamos frente a la comisaría de Miraflores y el destino nos llevó al temible dosaje etílico de la dependencia de Chorrillos. El último círculo de Dante. El personal amable, para qué. Pagamos 30 soles y en un cuartito precario una señorita de blanco procedió al acto. Sacó una cañita de un recipiente expuesto al ambiente. Serena pero aterrada le dije: "cómo sé, 'seño', si las cucarachas han pasado en la noche por estas inocentes cañitas". Soslayó la respuesta y ordenó soplar el tubo hasta el cansancio.
Luego vino lo truculento: "Estas agujas están selladas", sentenció y a la 'brutanté' --como diría mi amigo Sato--, o sea de pie y con un jebe en el brazo procedió al hincón respectivo. Me sentí un toro frente a la pica. No solo porque estaba de pie, a lo macho, sino por el boquete que hizo la aguja. Inmediatamente puso un pomito para recolectar la ansiada sangre. No había jeringa. Recordé las manifestaciones de los trabajadores de Salud donde se desangran. El brazo me quedó morado y doliendo cinco días. ¡Y pagué 30 lucas! ¿No podrían tener los tubitos de los operativos a los carros, o con esa plata se le paga el sueldo a un alma nacional? Al escribir esto nuevamente me duele el brazo.