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PUNTO DE VISTA

Adiós a la ortodoxia

Por Sergio Muñoz Bata. Analista*

El plan de rescate del sistema financiero que la administración de Bush ha propuesto y que le daría autoridad al Secretario del Tesoro para gastar US$700.000 millones no tiene precedentes en la historia de EE.UU.

La propuesta es insólita no solo por el estratosférico valor del planeado rescate (5% del PBI), sino por la forma abrupta en la que se violentan principios de gobierno como la división y separación de poderes, el sistema de controles y equilibrios y sobre todo la rendición de cuentas.

De aprobarse el plan, las decisiones que tome el Secretario del Tesoro con dinero de los contribuyentes para operar a las compañías en problemas no podrían ser revisadas por ninguna corte o cuerpo administrativo. El Congreso no podría asumir el control que le otorga la constitución para decidir cómo se gasta el dinero de los contribuyentes. Y el tesorero no estaría sujeto a ninguna ley.

Nunca, nadie, ni siquiera Franklin Delano Roosevelt cuando estructuró el "New Deal", que le permitió a EE.UU. salir de la Gran Depresión, pidió u obtuvo los poderes que ahora se piden.

Y no deja de ser irónico que esto suceda con George W. Bush, un presidente emanado del partido que aboga por el desmantelamiento del estado, que critica cualquier intervención del mismo en el sector privado y que sostiene que los políticos no están capacitados para dirigir empresas. Hoy, con total desfachatez orquesta una nacionalización de bancos, aseguradoras y otras empresas del sector privado.

De aprobarse este rescate, el Congreso tendría que aprobar nuevos límites a la deuda pública, que en la actualidad es de US$10,6 billones y establecerlo en US$11,3 trillones.

Y como en este embrollo medio mundo está metido, lo más probable es que nadie resulte responsable. Se dirá, y no sin razón, que la especulación movida por la avaricia fue la causante; también habrá quienes, con cierto fundamento, apunten a la corrupción del sistema capitalista; otros dirán que la culpa la tiene el Congreso y el presidente Bill Clinton. Otros se irán más atrás en la historia para señalar a Ronald Reagan. Estigmatizar a todos, sin duda, nos hará sentir mejor. Pero eso no resolverá los problemas. El consenso actual es que de no actuar ahora con decisión, la situación económica de EE.UU. podría agravarse. Esto, sin embargo, no significa que ya se resolvió el problema.

A estas alturas, la esperanza es que la receta tenga buen fin y no agrave la situación. Lo impostergable, sin embargo, es que el Congreso asuma su papel de representante del pueblo elaborando un conjunto de regulaciones que impidan el abuso y una supervisión constante sobre quienes piensan que la ambición desmedida es una virtud.

También es fundamental que en los próximos días los dos candidatos a la presidencia den muestra de que entienden el problema y la capacidad para estabilizar al país. Hasta ahora, ni John McCain ni Barack Obama se han visto presidenciables.

* LOS ÁNGELES, EE.UU.

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