Por Miguel Villegas. Periodista
Una colchoneta vieja, una mancuerna oxidada y ahora un entrenador invisible. Así serán los entrenamientos de los deportistas peruanos. Digo bien: así son. Trabajar en esas condiciones es imposible. Ganar algo, medalla, copa, diploma, carita feliz en la frente, es una burla, una payasada. Un mal gesto.
Lo es, sobre todo, si la exigencia de ganar algo surge de quienes generan este escenario terrible. Recortar el presupuesto es, la verdad, reducirlo a la miseria, hacer añicos la esperanza de los atletas que todavía sueñan montados en este triciclo llamado Perú. Restarle dinero al IPD --es decir a los deportistas-- es mandarlos a entrenar calatos. En resumen, mutilar el presupuesto ha obligado a decirles chau a, por lo menos, 700 trabajadores. Si de esa cifra, el 90% son entrenadores, diablos, habrá que dedicarse a practicar algo que no requiera un orientador técnico: canicas, trompo, algo así.
Si el Estado pretende impulsar hazañas organizativas tipo los Juegos Panamericanos, no puede mejorar la infraestructura y después debilitar al deportista. Los esfuerzos deben ir de la mano.