Por José Quezada Macchiavello
EL Hyperion Ensamble, un sexteto de cuerdas cuyos integrantes provienen de importantes orquestas de Austria y Alemania, precedido de un prestigio ganado en el ámbito internacional más exigente, se presentó en la temporada de la Sociedad Filarmónica de Lima.
El programa ofrecido se inició con un sexteto de Richard Strauss, que es una obra sofisticada, alarde de gran refinamiento intelectual y estético que da inicio a "Capriccio", la última ópera de este gran compositor romántico tardío. Poco ejecutada en nuestro medio, contiene ideas de gran belleza que la sitúan como heredera del arte camerístico de Brahms. Ostenta también muy altos retos técnicos e interpretativos. Con esta partitura exquisita, Hyperion se mostró rápidamente al público como ensamble brillante, capaz de plasmar toda la riqueza de una obra compleja, con imaginación, cohesión y gran flexibilidad.
Este notable conjunto de cámara, que suele variar su formato en sus recitales, continuó justamente con el bellísimo Quinteto de Cuerdas Op 29 de Beethoven, que contiene, no obstante ser una obra temprana, un adelanto de lo que será el lenguaje maduro del genio de Bonn, como también, aún, mucho de naturaleza tributaria de Haydn y Mozart. Hyperion logró una versión que podría situarse entre las insuperables de esta estupenda obra de Beethoven.
La segunda parte del concierto fue el Sexteto de Cuerdas Nº 1, Op 18 de Johannes Brahms, una especie de sinfonía en potencia expuesta en el mundo de la música de cámara, con ideas de excepcional nobleza, frecuentes en el lenguaje de Brahms, como también con hallazgos armónicos de suma importancia. Naturalmente la factura instrumental de este sexteto brahmsiano es de gran nivel y exigencia. Por el ensamble para el cual está concebida, fue rechazada como comercialmente riesgosa en su época por un famoso editor de Brahms, sin embargo es hoy reconocida como una cumbre de la música de cámara. Hyperion cerró con ella un recital que justamente alcanzó allí, otra vez, una verdadera cúspide de calidad. Un encoré generoso fue el primer movimiento del sexteto de Borodin, ejecutado también en con suma perfección.
Insisto en remarcar lo incómodo que resulta --y debe ser más desagradable para los intérpretes-- la interrupción con aplausos entre los movimientos. En el concierto que reseño hubo también un incómodo ruido constante al parecer proveniente de las sillas en el escenario, que sería indispensable evitar.