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Cuando el futuro ya no es el que era

Por: Juan Paredes Castro |

¿Por dónde ir ahora? Es muy probable que esta sea la pregunta más acuñada a lo largo de los más grandes cambios dados en la historia, incluidos los que podemos contar de 1989 hacia acá, es decir desde la caída del muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría hasta el actual desplome financiero mundial, pasando por los ataques terroristas del 11 de setiembre del 2001.

Mucho antes, la depresión económica y financiera de 1929 y las dos guerras mundiales también llegaron a suscitar, en su momento, la misma pregunta, aunque poco tiempo después surgiría un nuevo orden internacional diplomático y militar y también aquello que se conocería como los acuerdos de Breton Woods, que en adelante configurarían las nuevas reglas de juego del sistema monetario mundial.

¿Por dónde ir ahora?

Esta pregunta viene pues pisándole los talones a cada punto de quiebre internacional, y lo que también es importante, cambiándole el sentido a cada uno de los futuros construidos, de modo que respecto de la suerte de la economía y las finanzas podríamos decir, parodiando el título de un libro de Felipe González y José Luis Cebrián, el futuro ya no es el que era, por lo menos el que era hasta hace poco.

Si el futuro anterior de pronto ha quedado en el pasado el siguiente empieza recién a tomar forma en medio de la incertidumbre que vive el mundo desde Wall Street hasta Europa, desde Tokio hasta Sao Paulo, sin que la dimensión y proyección de la crisis pueda siquiera ofrecer el mínimo de datos seguros acerca de lo que puede esperarnos todavía.

La falta de sentido de futuro hace que valoremos más que nunca su importancia y necesidad, principalmente en países como el Perú donde la estructura política, con su fragilidad, no es la aliada propicia de una económica que, por el contrario, se ha rodeado en los últimos tiempos de fortalezas cuantitativas y cualitativas, que hoy constituyen su reserva de defensa frente al derrumbe financiero mundial.

Siempre hemos dicho aquí que los gobiernos tienen que distinguirse no solo por generar un sentido de futuro para sus electores sino asegurar que ese sentido de futuro tenga contenido confiable y realizable.

¿Qué sentido de futuro estuvo incubándose en Wall Street que de pronto despertamos ante un derrumbe financiero que no sabemos adónde aun puede llevarnos? La libertad de mercado tiene que hacer que sus agentes reguladores y fiscalizadores funcionen en defensa de los consumidores y contribuyentes antes que sorprenderlos con su ineficiencia y falta de transparencia, como en verdad ha ocurrido.

Si hoy el futuro económico y financiero ya no es el que era, preparémonos para construir el nuevo con mejores bases y proyecciones sobre la tierra.

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