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UNA VERSIÓN DE LA CRISIS

¿Una revancha de quiénes?

Por Fernando Vivas. Periodista

Mi primera estúpida lectura de la crisis es que el pánico financiero en Wall Street es una equivalencia tardía al derrumbe del Muro de Berlín. Ahora sí, con el estatismo de Bush, todas las ideologías se hicieron añicos. Que Fukuyama reescriba "El fin de la historia" y que los marxistas se rían donde quiera que estén, en sus ONG ambientalistas, en sus partidos pequeñines, en sus sindicatos golpeados, en sus minicumbres chavistas.

Riámonos del susto sistémico todos aquellos a quienes la frase "es la economía, estúpido" (la que se acuñó en la campaña de Bill Clinton contra papá Bush) fue alguna vez lanzada con soberbia. Pero nuestra risueña y humanista reacción sería una estúpida revancha. Tenemos ante las narices una olimpiada de la estupidez con récords invertidos --a la baja-- y hay que ser muy estúpidos para desaprovechar el espectáculo y quedarnos en las ironías de bandos anacrónicos.

No se pregunten por la estupidez de los que jugaron con la confianza ajena y perdieron la sartén pues no han soltado el mango, y si esgrimiéndolo ante el Estado logran ejecutar un rescate que salga del tesoro de los que tienen mucho, poco y nada, es que no tienen un pelo de estúpidos. Una crisis como esta solo confirma quiénes siguen arriba y abajo en la política y en el mercado.

Pregúntense por las cifras, por los mitos, por el pensamiento corporativo hecho de místicas invocaciones a cumplir con fines que no necesariamente figuran en los contratos. Todo ello es lo que lleva a los hombres sin apariencia de estúpidos a prestar más de lo que pueden cobrar y a prestarse más de lo que pueden pagar y a trabajar con sentimientos de culpa al saber que están ahondando los abismos entre ricos y pobres, o entre países ricos y pobres, o entre el esfuerzo y el bienestar de cada uno de tus prójimos consumidores.

Tal es la real estupidez tras la aparente estupidez de bolsas y rescates, de lobbies congresales e intervencionismos ejecutivos.

Pregúntense pues por la sumisión de jefes y chupes a mandatos que no chocan frontalmente con la ley (aunque por acumulación puedan llevar a ello), pero sí, frecuentemente, con mandatos éticos y prácticos aprendidos en la casa y en la escuela. El crédito basura es el chivo expiatorio de esta crisis, pero detrás de él, y saltando un par de principios con un brinco que quedará impune o se juzgará con indulgencia, está la lógica de las ganancias corporativas, a la que se rinde culto en las mejores empresas.

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