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SIC.

Una mirada cercana al sórdido mundo de las pandillas juveniles

Incursión en las más peligrosas zonas chalacas

Por Ralph Zapata

En ciertas zonas del Callao no se cumple la ley que reza: "Todo lo que entra sale". Ir solo es una osadía; salir ileso, un milagro. Barrios como Loreto, Castilla, Puerto Nuevo, Corongo, Gambetta y los Barracones --inaccesibles por ser guaridas de pandilleros, contrabandistas y microcomercializadores de droga-- han convertido el puerto en una leyenda de sangre en la que los enfrentamientos entre policías y delincuentes se pierden entre el olor de la pasta y las miradas asesinas.

San Judas es uno de esos territorios. Aquí no ocurren milagros, solo reina el pecado. No está 'permitido' tomar fotos ni es aconsejable pasear por sus callejones laberínticos cuando empieza a oscurecer. Todo foráneo es sospechoso. Se dice que la policía nunca ha entrado a este lugar. Por las ventanas de sus casuchas, ubicadas en fila india cerca al mar, se asoman caras marcadas, muchachos con el torso al aire que te observan extrañados.

Nuestra informante conversa con una señora, la dirigente del lugar, para que nos presente a los 'faites' del 'barrio fino'.

SELVA SIN LEY
Los barrios de Loreto y Castilla son verdaderas zonas de nadie, tanto como Áncash o El Fango.

Sin embargo, el gerente de Seguridad Ciudadana de la Municipalidad del Callao, el general Walter Mori, asegura que en el primer puerto no existen zonas rojas como en Brasil y que esa es solo una corriente de opinión que se ha generado gratuitamente.

Quien no está de acuerdo con Mori es Elmo Molina, ex pandillero, ex miembro de las maras salvatruchas, fundador de más de veinte pandillas en la capital y ex habitante del Callao.

"Hace veinte años las broncas en el Callao eran por las pichangas. Ahora la gente se está matando en zonas donde la policía no puede entrar. Esto se está asemejando a las maras, organizaciones que combinan narcotráfico, prostitución, drogas y territorialización", advierte.

Comprobamos lo que Elmo dice cuando pasamos por esas sucias calles chalacas, por sus esquinas llenas de fumones, de sujetos que se cuadran en medio de la pista y cortan el aire para amenazarte de muerte por invadir su imperio, ese imperio que han conquistado a punta de 'guapeo', sangre y muerte, delinquiendo con impunidad.

Así lo ha hecho 'Nena', que hace cuatro meses abandonó el penal de Sarita Colonia (donde permaneció por robo agravado) y ahora se encuentra bajo un régimen de semilibertad. Así lo ha hecho también Lucho, de 22 años, que sabe muy bien cómo arreglárselas sin trabajar. "A veces trabajamos con nuestros padres o en construcción civil", dice. Agrega que todos sus amigos han pasado por la comisaría de Gambetta por lo menos cinco veces. "Los policías te levantan, te meten palo y te ponen droga para cobrarte después, sino vas a la 'cana'".

Al frente de una canchita de fútbol, tres muchachos esperan su bus. Dos pandilleros se acomodan las capuchas, se persignan y avanzan hacia ellos, sin premura, con las manos en los bolsillos. Miran de esquina a esquina. Ni un alma. Un pandillero abraza a uno de los muchachos, el otro lo rodea. Los otros dos chiquillos logran escapar. Los asaltantes le quitan al incauto su maletín y un celular. Dan media vuelta y regresan a paso lento. Nada de curiosos, ni preguntas. Pasan por nuestro costado. Nadie ha visto nada. Seguimos conversando.

Así actúa la pandilla de Los Barruntos de Gambetta, jóvenes delincuentes, al acecho, a la espera de alguna víctima para robarle, o darle un destino aun peor.

"Esas broncas entre Los Nole y Los Malditos de Castilla tienen tiempo. Tenemos muchos enemigos, no sé por qué", dice Lucho mientras tararea un reggaetón.

NADIE ENTIENDE EL SUBMUNDO
El ex pandillero Elmo Molina, que ahora trabaja como promotor en la prevención de violencia en el Consejo Nacional de Seguridad Ciudadana (Conasec), advierte que no hay un diagnóstico real del número de pandillas. Para él, es mejor el diagnóstico urbano, el campanazo que da la gente que vive esa realidad todos los días.

Molina añade que la parte represiva no funciona. "Si se le quita una pistola a un delincuente, al día siguiente consigue otra. Es mejor cuando es él quien la entregue libremente", advierte.

Mientras tanto, los chicos de Gambetta esperan que alguien coloque focos en la cancha, que les den trabajo, que los escuchen. Ellos son solo una muestra de los miles de jóvenes que luchan a diario de manera equivocada por sobrevivir en la selva de cemento de la que hablaba Héctor Lavoe. Ahí donde el destino parece empeñado en desatar el infierno.

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