Por Julios Escalante Rojas
Cualquier día a la hora del almuerzo Fiesta Restaurant Gourmet, ubicado en Miraflores, atiende a 300 personas que reservaron su mesa con mucha anticipación. Son clientes que en promedio pagarán S/.100 cada uno. Pero hace 25 años, cuando Alberto Solís abrió su primer local Fiesta en Chiclayo, casi nadie le iba a tocar la puerta. Su hijo, Héctor, que hoy es el responsable de llevar ese restaurante que se llena a diario en Miraflores, recuerda que él tenía 12 años y su padre había renunciado a su trabajo en un banco, y con su liquidación mudó a su familia al tercer piso de la casa, pues en la primera planta abriría su restaurante. Pero no una picantería de piso de tierra, sino un lugar elegante que solo atendería a puerta cerrada y con precios mayores a cualquier otro competidor. Las manos de su esposa bendecirían la cocina, él administraría y en algunos años sus hijos tomarían la posta. Lo que sobraba era fe.
Alberto Solís quería repetir la experiencia que tuvo su padre en los años cincuenta con Sala Bolívar, un restaurante de mucho éxito que cerró porque ninguno de sus hijos mayores quería heredarlo. Entonces, para Alberto, el menor, abrir su restaurante era un compromiso de sangre. "Mi padre decía que la comida chiclayana podía competir con cualquiera del mundo, y no se equivocó", dice Héctor. Solo el tiempo le dio la razón porque la gente no aceptaba la diferencia de comer un cabrito cinco veces más caro. "Tomó años de atender solo a las moscas, porque no venía nadie". ¿Por qué no cerraban? Don Alberto era persistente. Un día llegaron amigos con guitarra y cajas de cerveza, con el dinero para consumir, pero no los dejó pasar. El lugar seguiría siendo diferente.
A comienzos de los años 90, convertido sobre todo en un punto de reunión de turistas, Fiesta de Chiclayo ya participaba en festivales de comida organizados por los pocos hoteles cinco estrellas de Lima. Fue ganando fama. Héctor había terminado Economía en la universidad, pero no veía su futuro ligado al restaurante de la familia. Hasta que su padre le dijo: "Yo quiero hacer empresa contigo". Entonces Héctor vino con S/.50.000 y acondicionó la casa de los Solís en Miraflores. "La gente me decía te va a ir bien porque en Lima hay bastantes chiclayanos. Y no vinimos buscando chiclayanos". Aunque solo tenía 12 mesas y él era el hombre orquesta del lugar, en el 2000 ya se sabía que mero murique, cabrito de leche y el mejor arroz con pato del norte solo se podía encontrar en Fiesta. Luego sumó 4 locales, administrados por su hermana Ana Bertha, y hoy sus padres viven orgullosos de eso.
"El norte es una tierra de cocineros. Y en ninguna casa se come mal, lo que nos faltaba era agregarle valor a su presentación". Por eso, Héctor ha probado varios proveedores hasta hallar lo más selecto y, por ello, cobra hasta S/.50 por un plato. Si le preguntan cuál es el perfil de sus clientes, su respuesta es simple: "Todo el que sepa comer".
MIS CLAVES
4En la medida en que das vas a recibir. Al inicio en Lima pensaba que al no contratar más mozos o comprar un insumo barato podía ahorrar plata. Seguía viniendo gente y no corregía el sistema, el servicio estaba desbordado, entonces invertí para que funcione.
4No engañar. Si tienes solo lisa, véndela así. No como mero. No puedes sentirte orgulloso de tu negocio si no dices la verdad.