Por Fernando Villarán
Hace algunos años, intelectuales como Paul Krugman y Joseph Stiglitz advertían los peligros que acechaban a Estados Unidos. Señalaban que nunca en la historia de ese país el poder económico y el poder político habían estado tan íntimamente vinculados. A raíz de ello la primera potencia del mundo abandonaba dos de los pilares sobre los que construyó su prosperidad: la lucha contra los monopolios y la regulación estatal. En el sector financiero, el Gobierno dejó que unas cuantas empresas dominen el mercado y les permitió que actúen a sus anchas, sin control alguno.
Se olvidaron que el Estado y las empresas son dos instituciones muy diferentes. El primero representa el interés general, el bien común, las segundas buscan el interés individual, la máxima ganancia. Confundir ambos roles resulta fatal.
Lo más grave de esta crisis es que no solo afecta a las empresas responsables y a EE.UU.; sino al mundo entero. Por eso resulta tan criticable la propuesta de salvar a los ineptos y a los pillos.