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EL LADO OCULTO ANTONIO BACA, GERENTE GENERAL DE SMP

El primogénito de Cristel

DESDE LOS 13 TRABAJA PARA MAMÁ. ASÍ, SIN PRETENDERLO, DESCUBRIÓ LA FASCINACIÓN POR LAS MOTOS. HOY CONDUCE UNA HARLEY, TAMBIÉN LA EMPRESA QUE --EN SU SALA-- FORJÓ MAMÁ

Por Antonio Orjeda

En las reuniones de padres de familia, la queja siempre es la misma: "Oye, Antonio, ¡deja de traer a tu hija al colegio en la Harley!". Él se mata de risa y disfruta cada vez que escucha a los amigos de su princesa decir: "María Alejandra, tu viejo, ¡qué bacán!".

Ni ella ni María Elena, sin embargo, son de realizar viajes largos con él. Pese a tener toda la indumentaria Harley Davidson, María Elena, su mujer, no se ha subido a su Dyna Super Glide 1.450 más que para llegar hasta Lunahuaná.

NADIE COMO MAMÁ
Cristel dejó de ser ama de casa treinta y un años atrás. En los 35 metros cuadrados de su sala, habilitó una empresa de mensajería. Antonio tenía 13 y Juan Carlos 11. Sus hijos fueron dos de sus primeros empleados. Juntos sellaban 3.000 cargos al día. La sede principal de la empresa que forjó mamá, hoy tiene 7.000 metros cuadrados.

Vivían en Lince. Mientras la mancha jugaba pelota, Antonio comenzó a repartir mensajes a la salida del colegio. Tenía 14 años y le gustaba lo que hacía, pues iba en 'bici', a todo pedal. Así, trabajando, conoció el poder de las motos. La empresa de mamá ya tenía dos. A escondidas, él las sacaba y aprendió a conducirlas.

Decidió hacerse abogado, ingresó a la universidad, pero como no abandonó su antiguo oficio, llegaba en mototaxi a la facultad. No, pues, ya no solo entregaba sobres, sino también paquetes. Sus patas lo vacilaban, él también se reía al ver su mototaxi en el estacionamiento de la universidad.

Terminó la carrera y se abocó a ella. Su sueldo era de US$2.000 cuando su hermano le propuso regresar a la empresa de mamá. Podían crecer mucho, vaticinó. Antonio asumió una gerencia, su sueldo --no lo ha olvidado-- era de 75 soles. No se quejó, pues además se había reencontrado con ellas, con las motocicletas. Hasta hace dos años condujo una Honda CB 750. Por cara, la dejó.

Ocurrió en La Florida. Los altos costos de sus repuestos lo hicieron dudar. "Ya estás viejo para motos pisteras", le dijo un amigo, y le hizo probar su Harley. En realidad, Antonio ya había subido antes a una de esas. Le parecían lentas. Ese día, sin embargo, sintió tal placer, que decidió: "Ah, no, ¡me traigo una!".

Llamó a María Elena. "Me voy a traer una motito", le dijo. "¡Una motito!", le soltó ella cuando la vio.

No solo eso, cuando la prendió y escuchó el motor, casi ensordece. Por eso ella y sus vecinos lo odian cada vez que la prende a las 7 de la mañana. "Tengo que irme hasta la vuelta para no molestar, y despierto más bien a los otros vecinos", se mata de risa.

Antonio es presidente del Motoriders Club del Perú, el cual agrupa a motos de toda cilindrada. En las pistas, juntos son como una jauría de perros callejeros. Todos de distintas razas.

Conducir no solo lo relaja, le ha permitido también romper paradigmas, asegura. Se refiere a la imagen del gerente general. Por ir en moto, él no deja de ser serio en los negocios. Así, además, siente que se integra más con su gente. Eso lo aprendió en casa, viendo trabajar a Cristel.

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