MATADORAS
Ese era el Perú que queríamos ver, el que sí creyó que era capaz de grandes cosas, el que demostró que tenía condiciones y capacidad, el que tenía que haberle ganado a la Argentina el viernes, pero que, con un efecto retardado, recién le ganó ayer.
El objetivo era el Campeonato Mundial Juvenil, pero el consuelo ha sido la medalla de bronce. Las capitaneadas por Carla Rueda subieron al podio, pero debieron maquillar la sonrisa de ayer en el coliseo Grau del Callao sabiendo que Brasil y Venezuela serán los dos representantes sudamericanos.
La afición del vóley volvió a vibrar con un partidazo, que comenzó con el sexteto argentino aprovechando los numerosos yerros del equipo nacional y terminó afónica y con las manos rojas de tanto gritar y aplaudir a las peruanas.
Repitiendo la historia del viernes , Argentina bloqueó todo intento nacional y con esa torre número 9, la chica Fresco (1,92 m de estatura), cubrió los intentos nacionales de Carla Rueda y Keith Meneses. Las gauchas se llevaron los dos primeros parciales por 25-23 y 25-20.
"Tienen que preocuparse más por la recepción". "No nos desesperemos". "Pidan mates de zaguero". "Estén más atentas a las colocadas". Las frases son de Maruja Ostolaza, la entrenadora del equipo nacional, que encontraron eco en sus jugadoras al comenzar el tercer parcial. Empujada por el clamor de la tribuna, Ostolaza mandó al campo a la riojana Vivian Baella, la capitana de la Sub 17 que sí llegó al Mundial y que estaba en la banca de suplentes.
La inclusión de Baella le dio un aire diferente al equipo y permitió que Zoila La Rosa pudiera realizar levantadas más rápidas. Solo en ese momento, las peruanas pudieron evitar el bloqueo albiceleste. Y allí mismo comenzó el repunte.
El tercero terminó apretado (25-23), el cuarto 25-21 y ya en el quinto a las argentinas les costó detener el tren peruano, que acabó celebrando ese 15-7 como si con ese punto final logrado en el bloqueo de la morena Pamela Barrera se hubiera obtenido el pase a unos juegos olímpicos o a una copa del mundo.
La revancha llegó, pero tarde. Quién sabe si hubiésemos ganado el duelo del viernes, el sábado ante Venezuela (y no Brasil) la historia hubiera sido distinta. El bronce, más que un halago, es solo un consuelo.