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PUNTO DE VISTA

La nueva primera ministra israelí

Juan A. Velit Granda. Internacionalista

Los últimos días de setiembre son habitualmente soleados en la luminosa ciudad de Jerusalén. Este 25 amaneció nublado y húmedo y no solo en la milenaria ciudad, sino en todo el escenario político israelí. Se habían realizado las primarias del partido Kadima, que fundara Ariel Sharon y que naciera como una escisión del derechista Likud, y la estrella del otrora fulgurante primer ministro Ehud Olmert empezaba a apagarse.

Olmert, cercado por las denuncias de soborno y corrupción, presentaba su dimisión ante el octogenario Shimon Peres, que había reemplazado al carismático Moshe Katzav, quien renunció por acusaciones de acoso sexual. En esos momentos Peres se preparaba para viajar a Nueva York a fin de intervenir en la Asamblea General de las Naciones Unidas y la renuncia de Olmert no lo sorprendió.

Los acontecimientos se precipitaron como una tempestad de arena. La ministra de Relaciones Exteriores, Tzipi Livni, recogiendo el sentir de un importante número de sus partidarios y con un preciso sentido de la oportunidad, lanza su candidatura para reemplazar al saliente Olmert y, sin mucho aspaviento, triunfa en la contienda interna del partido. Las leyes israelíes le dan seis semanas para que Livni forme su gabinete y organice su gobierno, y en caso no le sea posible hacerlo, entonces se convoca a nuevas elecciones. Fórmula que busca el laborista Ehud Barak, ministro de Defensa, y con ello cortarle al Kadima su continuidad en el poder. Ya se dieron los primeros pasos para instrumentalizar esta posibilidad y ha iniciado un acercamiento con su archienemigo Benjamín Netanyahu, del derechista Likud.

La flamante primera ministra es una hermosa rubia que tiene una personalidad singular para un político. Le disgusta la sobreexposición en los medios y guarda un perfil bajo en la mayor parte de sus actuaciones. Dirigió con mano firme la diplomacia israelí y es una declarada combatiente contra la corrupción. Por ello, sintoniza en precisos decibeles con la gran población israelí, harta de las constantes denuncias por corrupción de los políticos. Comentaba hace pocos días un diplomático israelí que cuando fue nombrada ministra de Relaciones Exteriores, y en su primera visita a la cancillería, le sorprendió que hubiese en el hall de entrada --habitualmente decorado con artesanía peruana-- una oficina de venta de pasajes de la línea aérea EL AL, que hacía unos meses había sido privatizada. La flamante ministra ordenó inmediatamente el cierre de la agencia y espetó, para que todos escuchasen: "Aquí no hay privilegios para nadie".

Ha sido la firme negociadora con los palestinos y constantemente manifiesta que el territorio árabe debería ser un Estado por la propia seguridad de Israel y que las tratativas están muchas veces encajonadas por lo poco imaginativo de las propuestas.

Su pasado como agente del servicio de inteligencia, el célebre Mossad, la ha acondicionado en su comportamiento político, discrecional, preciso y oportuno. Es una inclaudicable defensora de su privacidad y su vida personal es casi desconocida. Se sabe que es abogada, casada con el publicista Neptalí Spitzer, tiene dos hijos y siempre la acompaña su apariencia adusta y en sus momentos de descanso gusta de tocar la batería.

Pero ahora no solo tiene que tocar un instrumento, sino también tener la capacidad de un director de orquesta para organizar su gobierno. De hacerlo, sería la segunda mujer que ocupa ese cargo en su país. Antes lo hizo la legendaria Golda Meier.

En su corta vida política muchas veces fue tratada de manera despectiva. Algunos recuerdan que el saliente Ehud Olmert se refería a ella solo como "esa mujer", sin citar su nombre. Ehud Barak empleaba su nombre con tono desdeñoso y sin diminutivo de "Tzipora", que en hebreo quiere decir 'pájara'. Lo cierto es que Tzipi Livni es un ave de alto vuelo que engrandece esa bandada de mujeres que ahora tienen un rol destacado en la política mundial. Todos esperamos que vuelva a brillar el sol de Jerusalén.

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