PELOTA CUADRADA
Por Raúl Cachay A. Periodista
La naturaleza esquizoide de nuestro vínculo con el fútbol local suele manifestarse con patética pertinencia cada vez que la selección nos somete al horrible trance de jugar una nueva fecha de Eliminatorias mundialistas. Hace muy poco, cuando todavía Piero Alva no se había inventado el gol contra los venezolanos y Juan Vargas no ponía en ridículo a Battaglia en aquel minuto final contra Argentina, todos estábamos convencidos de que este equipo no tenía futuro, de que Chemo no servía para el puesto y de que lo mejor que le podía ocurrir a nuestro fútbol era que los 'jotitas' apuraran su crecimiento o que los juergueros del hotel Golf Los Incas fueran debidamente amnistiados por la FPF. Ganamos un partido, empatamos el otro y las cosas cambiaron milagrosamente: ahora tenemos una selección renovada, estos jugadores sí están comprometidos con la camiseta y Johan Fano es el Van Basten de los Andes. ¿Cómo podemos explicar, sin caer en engorrosas exégesis psiquiátricas, estos cambios tan radicales en nuestro temperamento colectivo? Al ver las coberturas en vivo desde la Videna, los análisis de los especialistas de uno y otro bando, las entusiastas propagandas de los partidos venideros, a los televidentes no nos queda otra cosa que aceptar nuestro papel de marionetas generadoras de ráting. Al final, así rompamos el maleficio en la altura y le ganemos esta tarde a Bolivia, todo volverá a fojas cero durante la semana. Si perdemos, que se vaya Chemo; si ganamos, estos muchachos son la nueva generación triunfadora del fútbol peruano, la que nos rescatará de nuestros fracasos proverbiales y fundará un horizonte distinto. En el camino seguramente tendremos ampayes, alguna declaración polémica, un par de renuncias imprevistas y quizás un escándalo de proporciones. Siempre lo mismo. "Solo Dios y los imbéciles no cambian", dice el refrán, pero el césped sintético y Manuel Burga siguen ahí. Ojalá algún día aprendamos a ser ganadores de verdad.