Por Ricardo Bedoya
Una secuencia dice todo de esta película: el protagonista, Koistinen, vigilante nocturno de riquezas ajenas, hombre solitario y lacónico, va a un bar. Entra con su talante natural, tímido y apocado, se acoda en la barra y descubre un mundo extraño, de personajes definidos por su apariencia, entre estrafalaria y típica. Una puta que se aleja de él; un barman gigantesco con pinta de bravucón; personajes tristes y marginales como todo en esa Helsinki glacial, ajena a la prosperidad de la que informan los reportes económicos. De pronto, un parroquiano que sale del baño le estrella la puerta en la cara.
Koistinen es como un Harry Langdon o cualquier clown lunático del cine mudo metido de pronto en un escenario absurdo e intimidante, donde se consuma una situación que tiene un remate grotesco y humillante, pero también irrisorio. En el cine de Kaurismaki todo tiene esa doble virtualidad: cuanto más serio es el asunto, más ingenua, burlesca o sentimental es la reacción. Pero nunca hay un estallido. Es un burlesco sin carcajadas y un efecto sentimental sin lágrimas. Las reacciones extremas están erradicadas. Sólo vale la media tinta, la elipsis, la omisión del momento fuerte, la sugerencia y la impavidez del conjunto. Puro humor "deadpan", de rostro impasible y efecto retardado. Luces al atardecer, por eso, tiene un costado chapliniano y otro tomado del Pickpocket de Robert Bresson.
Koistinen es ingenuo y sentimental, solitario por vocación, un verdadero paria, que sólo puede hablar con cierta soltura a una amiga distante, la muchacha del puesto de salchichas. Cuando algo lo ilusiona de verdad, resulta que es un timo. El clown triste, sin saber nada de nada, es usado por una "rubia traidora", sacada de algún relato de la "pulp fiction" resumido en unos cuantos rasgos elementales de perfidia y doblez, y por un lacónico gangster. Es el inicio de su descenso: la travesía por la cárcel y la sanción. Paga sin deber nada; Koistinen sigue la trayectoria de la humillación porque es su destino y no puede rebelarse ante él. Él es fiel y honesto en un mundo de inescrupulosos.
Pero la tragedia nunca genera emociones o pasiones más fuertes que la vida. Sólo evoca algunas melodías tristes, tangos de Gardel y Le Pera o El tiempo de las cerezas. Hablan de épocas que pasaron, de gente que ya no está, de "volver con la frente marchita".
Al final, luego de ese bressoniano plano cercano de las manos cogidas, Koistinen, a la manera de Pickpocket, le pudo haber dicho a la chica de las salchichas: "¡qué extraño camino debí recorrer para llegar a ti!".
PARA NO CREERLO
Nace el "filme de tesis" -mejor, de moraleja- peruano. En Vidas cruzadas, todo, absolutamente todo, desde los personajes maniqueos hasta las situaciones de historieta y, sobre todo, la inefable secuencia del juicio, se reduce a proclamar un mensaje dirigido a la CVR y a los peruanos que se preguntan por lo que pasó en los terribles años de la violencia: "Los muertos que vos matasteis gozan de buena salud". Sí, aunque suene increíble, para esta película, los muertos y desaparecidos de entonces están vivitos y coleando en el VRAE, juntando fuerzas para volver a acometer la barbarie de antaño. Se "autosecuestraron", pues.
FESTIVAL DE CINE EUROPEO
Se ha iniciado el vigésimo Festival de Cine Europeo de Lima, organizado por la Filmoteca de la Universidad Católica y los países miembros de la Unión Europea. El plato fuerte de este año es Ingmar Bergman, del que veremos Sarabande y Fanny y Alexander, grandes películas de su período final. Destaca también la retrospectiva dedicada al alemán Alexander Kluge, un cineasta experimental, político, riguroso, uno de los nombres menos conocidos del Nuevo Cine Alemán surgido en los años sesenta. No se pierdan las cintas francesas, que vienen precedidas de buenos comentarios. Lo mejor de las otras: Botellas retornables, del checo Jan Svěrák; Cruzando el puente, el sonido de Estambul, del turco-alemán Fatih Akin; Lázaro de Tormes, de los españoles Fernando Fernán Gómez y José Luis García Sánchez; Un viaje llamado amor, del italiano Michele Placido; Klimt, del chileno Raúl Ruiz; El milagro según Salomé del portugués Mário Barroso; Occidente, del rumano Cristian Mungiu, del que vimos hace poco 4 meses, 3 semanas, 2 días.