Por Alberto Servat
Aunque tradicional en sus propuestas escénicas, Peter Shaffer (Liverpool, 1926) siempre ha sido suficientemente inteligente como para plantear el debate sobre temas tan complejos como el abuso de autoridad, los cambios sociales abruptos e incluso los roles sexuales en la sociedad moderna. Sus personajes pueden ser históricos -Pizarro y Atahualpa en "La real cacería del sol" (1964)- o creados específicamente para una ficción -el confundido Alan Strang de "Equus" (1973)- pero se han visto embestidos de la misma manera por el entorno histórico-social o por sus sentimientos más íntimos.
Esa fragilidad comparten con Antonio Salieri, protagonista de "Amadeus", el más virtuoso de los compositores que, sin embargo, no puede resistirse al pecado de la envidia. Lo que acarrea la destrucción de Mozart, víctima de sus intrigas según designios de Shaffer, y su propia destrucción moral.
La historia del odio de Salieri hacia Mozart se originó en las calles como puro chismorreo. Sirvió a Pushkin para un corto relato y luego para una ópera de Rimsky Korsakov. En el siglo XX Shaffer retomó sus elementos y les dio vida propia. Estrenada en Londres en 1979 con Paul Scofield y Simon Callow, como Salieri y Mozart respectivamente, la obra despertó la más encendida polémica. Tras su paso por Broadway en 1980 su fama comenzó a crecer. Pero no fue hasta cuatro años después, cuando Milos Forman se convenció de llevarla al cine, que "Amadeus" emprendió su sorprendente carrera.
Pero si el cine convirtió a "Amadeus" en un fenómeno, su influencia sobre la obra misma no ha sido la más conveniente. Y ello se nota en la producción que podemos ver actualmente en el Centro Cultural Peruano Brtiánico, dirigida por Jorge Chiarella.
Es una puesta en escena a primera vista impecable. Pero que transformada por influencia cinematográfica ha perdido su mayor virtud: el hermetismo de un cuento narrado en primera persona por el presunto asesino de Mozart.
El principal reparo que encuentro está en la excesiva musicalización de la pieza. En su propuesta original, Shaffer prefirió mantener en un muy segundo plano las composiciones sobre las que se discute en escena.
La música en la película era necesaria porque confería espectacularidad a las imágenes pero a la obra de teatro le resta convicción y entorpece su desarrollo. Por ejemplo, narrar con detalle el estreno de "El rapto del seraglio" -una escena muy bien resuelta por Chiarella en esta producción- crea un desbalance con respecto al segundo acto, donde se suceden óperas capitales de su autor ("Las bodas de Figaro", "Don Giovanni" y "La flauta mágica") que aparentemente no tienen tanta importancia dentro del cuento.
En segundo lugar, y esto es más grave, algunas interpretaciones tienen demasiado parecido con las cinematográficas. Especialmente la de Natalia Parodi que prácticamente toma todos los gestos y actitudes e incluso el tono de voz de Elizabeth Berridge, al punto de que no me es posible hacer un análisis de su trabajo porque luce como un calco. Lo mismo podría decir de la risa de Mozart, pero ese es otro tema.
La caracterización de Wolfgang Amadeus Mozart, más allá del actor que lo interprete, es la clave para entender el enfado, la envidia y las motivaciones de Salieri. Y Shaffer exige que su Mozart, que no tiene que parecerse al personaje histórico, se comporte como un chico contemporáneo. Por eso Tom Hulce lo interpretó en la película con ciertos toques punk. En esta oportunidad, Gian Piero Díaz pone todo de su parte para ser creíble y se luce especialmente hacia el final de la obra porque sabe mantener la dignidad en los momentos más conmovedores. Por eso la risa prestada de Tom Hulce le quita originalidad a su trabajo.
Hace bien Bruno Odar en apartarse del modelo que impuso F. Murray Abraham en la película creando un nuevo Salieri de comienzo a fin, devolviéndole de esta manera interés a su carrera. En la más reciente producción de "Amadeus" en Broadway pude ver a David Suchet como Salieri. El actor británico asumió el papel decididamente como un villano. Es cierto que resultaba interesante pero también obvio, por eso prefiero la transición que Odar va ejecutando a medida que los sentimientos corrosivos se apoderan de él.
Mención aparte merece la escenografía. Limpia y fresca, libre de elementos innecesarios, y que con unos cuantos símbolos resuelve los problemas de espacio. Una propuesta atractiva, apoyada principalmente en la sugerente iluminación y que deja en claro que para llevar a escena las obras más ambiciosas no es necesario un despliegue de recursos. Basta el talento.
PARA VER LA OBRA
Amadeus, de Peter Schaffer, se pude ver en el Teatro Británico (Jr. Bellavista 531, Miraflores), de jueves a lunes a las 8 p.m. Entradas en Teleticket y en la boletería del teatro. Lunes populares. Hasta el 20 de diciembre.