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CARTAS DEL FIN DEL MUNDO

Visita de estancia

Por Maki Miró Quesada

Allá en la Argentina del siglo XIX era costumbre que las parejas de recién casados iniciaran un largo viaje visitando estancias de amigos y parientes; las estadías de un mes eran corrientes y a veces se prolongaban tanto que la nueva pareja regresaba con las justas a Buenos Aires para recibir al primogénito de la familia.

Ya no existe la misma disponibilidad de tiempo pero como las distancias siguen siendo enormes y el país poco poblado, la gente por un sí o por un no hace visita de estancia. No es raro manejar tres horas para ir a un asado y quedarse a dormir sin que medie invitación previa --cosa totalmente impensable en Francia, donde los fines de semana en el campo son materia de extensos preparativos y confirmaciones por escrito por lo menos un mes antes. Las casas disponen de muchos dormitorios siempre listos, harto personal acostumbrado a llegadas imprevistas y dueños de casa que reciben con esa llanura y gentileza que comparte la gente de campo en casi todas partes.

De regreso de Bariloche a San Martín de los Andes tomamos la ruta del Paso Córdoba, una carretera de ripio donde anidan los cóndores y los picos de las montañas que nos rodean se parecen a las fortalezas medievales que se encuentran a la altura de Valence, cuando se va en coche de París a la Provence. La dueña de la estancia que ya pasó largo los setenta nos llamó para decirnos: "Che, ya que van a pasar cerca vengan a tomar el té. Del desvío de la tranquera hasta la casa son solo diecisiete kilómetros". Nos recibe con la mesa y las botas puestas en una casa de madera con grandes ventanales, llena de luz y de muebles sencillos y confortables. "Disculpen pero llevé a unos amigos a hacer una cabalgata cerca de la cordillera y acabo de regresar", dice mientras nos sirve té inglés. "¿Cuántos caballos tiene, Madame?", pregunta mi nieta francesa que atraviesa una etapa donde vive solo para ellos. "Como cuarenta", responde sonriendo con gran naturalidad. Mi nieta abre los ojos como platos y me susurra al oído ("¿Te imaginas, Mimi? Quarante chevaux!"). Creo que de todo lo que vio y escuchó en su viaje esto fue lo que más la impresionó. Días después almorzamos en una enorme estancia al borde del río donde el asador, facón en mano, distribuye a los invitados --en fila india cada uno con su plato de madera-- sendos pedazos de chorizo, corderito patagónico y asado de tira; mi porción la comparto democráticamente con una familia de 'chaquetas', avispas carnívoras que según me explican si uno no se mete con ellas, ellas no se meten con uno. Tal cual. Mi precavido marido opta por la prudencia y se va a comer dentro de la casa.

A la semana vamos a cazar lejos de San Martín; dentro de la estancia hay todavía una hora de viaje hasta el coto de caza y de allí media hora más para ver los ciervos, los avestruces y los guanacos. Nuestros amigos tienen 20 mil hectáreas solo para la caza; al lado de eso las 20 nuestras son 'pipi de chat'. Mi marido y el guía se van tras los ciervos y desaparecen en el horizonte. Me echo a leer al borde del camino sobre unas pieles que huelen a cordero mal curado y durante horas tengo la sensación de estar completamente sola en el mundo, excepto por la brama lejana de los ciervos y el águila mora que vuela alto en el cielo que lo cruzan dos nubes rojas de este a oeste (misma Meryl Streep en "Out of Africa" pero sin Robert Redford).

Al día siguiente mi amable marido sale muy temprano antes que despunte el día y se baja el trofeo récord de los últimos 4 años: un ciervo de 16 puntas a 300 metros con una sola bala. La tarea de ir a recogerlo recae en Aladino, el gaucho más antiguo de la estancia. ("¿Y cómo va a hacer para encontrarlo? No lo sé'). Lo cierto es que al caer la tarde regresa a paso lento con la bestia atravesada al lomo del caballo, impasible como gaucho que es. En cambio el cazador, el guía, los dueños de casa 'et moi' no cabemos en el pellejo.

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