VIDAS MARCADAS
Por Ralph Zapata
Gerson tiene 15 años, pero habla con la experiencia de un hombre trajinado. "He robado, he fumado marihuana, he consumido coca, me han disparado, he 'hincado' a varios chicos. He estado en la comisaría como en mi casa", dice con una frialdad que hace dudar de su rehabilitación.
"Un día decidí cambiar, abrirme de la pandilla Los Fatales de El Agustino, de la que era miembro desde los 12 años. Entonces llegué aquí, a la casa", recuerda con la cabeza gacha y la voz temblorosa.
La casa de la que habla Gerson es un local de la Fundación Tierra de Hombres que funciona en El Agustino desde hace tres años. Sirve de refugio para los menores de 18 años que hayan cometido alguna infracción y tengan la voluntad de rehabilitarse.
Voluntad. Esa es la palabra mágica que repite Gerson cuando le preguntan cuál es el secreto para salir de la selva de cemento de la que hablaba Héctor Lavoe.
"Ahora he retomado el colegio, recibo consejos del psicólogo de la casa, participo en los talleres. Al inicio hubo tentaciones. Siempre las hay. Cada vez que los chicos de la pandilla me ven pasar, me llaman y me dicen que soy 'cabro', pero yo no les hago caso. Sé que lo que hacía antes estaba mal. Muy mal", confiesa.
Como él, son cientos los muchachos que se inician a temprana edad en las pandillas. El Consejo Nacional de Seguridad Ciudadana (Conasec) ha identificado 352 pandillas en Lima y el Callao, y 483 en todo el Perú. Muchos de sus integrantes terminan enredados en el infierno de la delincuencia, sin poder dejar de delinquir. Otros optan por virar el timón de sus vidas y --ayudados por gente como Jean Schmitz (delegado de Tierra de Hombres en el Perú)-- volver a empezar.
REHABILITACIÓN NECESARIA
Hasta la década pasada, en nuestro país la justicia penal juvenil se centraba en la reclusión de los jóvenes infractores en reformatorios o centros cerrados donde se les privaba de su libertad. "Al salir de estos centros, los chicos (a los que no se les había educado, ni hecho ver sus errores) en muchas ocasiones reincidían. Otras veces, al ser detenidos, 'arreglaban' con los policías y volvían a lo mismo. Ambos mecanismos llevaban al círculo de la violencia", resume Schmitz.
Por eso, desde hace tres años, Schmitz implementó en el Perú el proyecto juvenil Justicia Restaurativa, a fin de reinsertar a los chicos infractores a la sociedad mediante un trabajo de prevención y formación educativa en un centro de rehabilitación abierto. En coordinación con el Poder Judicial, el Ministerio Público, la Defensoría del Pueblo y la Municipalidad de El Agustino, entre otras instituciones, han atendido a más de 600 chicos en tres años. De ellos, según Schmitz, menos del 8% ha reincidido. Y eso gracias, también, al trabajo de José Ignacio Mantecón (más conocido como el padre 'Chiqui'), quien desde hace 12 años trabaja con pandilleros de la zona, con los que logró formar la Asociación Martín Luther King.
"El gran problema de la sociedad es que ve a los jóvenes como problema, no como posibilidad. Hay que trabajar con ellos, meterse en su mundo, entenderlos", recomienda el padre 'Chiqui'.
Sin embargo, el dilema surge al salir de los centros de rehabilitación, de los reformatorios o las cárceles. ¿Qué hacer? "Muchos de ellos vuelven a su lugar, no encuentran opciones de desarrollo, y vuelven a lo mismo. Es lo único que les queda", explica el sociólogo Sandro Macassi.
Y es que sin oportunidades reales para reinsertarse en la sociedad, de nada sirve haber pasado por un reformatorio, centro de rehabilitación o cárcel. Al final, siempre se volverá al infierno de las calles, donde lo único que queda es soportar la delincuencia y sobrevivir en un inframundo donde impera la peor de las leyes: la de la selva.