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Balances ausentes nada inocentes

Por: Juan Paredes Castro |

Venimos de preguntarnos durante la última semana no solo por qué pasan las cosas que pasan sino también por qué no pasan las cosas que deberían pasar, después, por ejemplo, de algunos sonados escándalos.

De lo que se trata es de asomarnos a la necesidad de algunos balances básicos en cuestiones fundamentales.

Primero, que cualquier escándalo de corrupción no relegue a la justicia a un segundo plano, o lo que es peor: que la convierta en absolutamente nula, como ha ocurrido muchas veces. Segundo, que una denuncia pública esté siempre sustentada en la verdad antes que en el mero ruido que suele acompañarla. Tercero, que el Ministerio Público sepa, sin que tengan que recordárselo a menudo, que es dueño de la prerrogativa constitucional de actuar de oficio frente a claras pruebas y evidencias de delito. Y cuarto, que una fuente ilícita, como la interceptación telefónica, no tenga que quedar impune solo porque contribuyó a revelar delitos graves en las entrañas del poder político y empresarial estatal.

El paradero de Rómulo León Alegría, uno de los principales implicados en el corrupto negociado de concesiones petroleras, sigue siendo un escandaloso misterio. No sabemos si son mejores los seguimientos que le hace la policía o los que el ex ministro aprista le hace a la policía. Lo cierto es que su condición de prófugo erosiona cada día, gravemente, la aprobación y confianza del Gobierno. Su captura se ha convertido en una apuesta tan incierta como la de las bolsas financieras del mundo.

Entre la fiscalía y la justicia este es, sin duda, un balance ausente, nada inocente y demasiado prolongado.

Con quien tampoco pasa nada es con la congresista aprista Luciana León, hija del prófugo, recientemente involucrada por este en gestiones legislativas vinculadas a las mismas concesiones petroleras. Ello debería apresurarle el paso rápido y decisivo hacia las investigaciones parlamentarias ya abiertas, no solo porque así se comprometió desde el primer día de la denuncia contra su padre, sino porque su testimonio será realmente clave para despejar cualquier responsabilidad propia, basada en la presunción de inocencia, o del propio Congreso.

Los balances reclamados aquí para que no haya denuncia sin investigar ni investigación sin juzgar ni escándalo ni impunidad que dure cien años, tienen mucho que ver, reactivamente, con la tendencia generalizada de que los delitos no se sancionan y que por el contrario hasta los recursos de garantía terminan poniéndose a su servicio, al igual que el espíritu de cuerpo en las instituciones públicas.

Los balances ausentes en el campo general de la justicia no le hacen bien a esta ni por supuesto al Estado, que deseamos proyectar al mundo como un alto valor de confianza.

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