NARRATIVA
Por Diego Otero
Poeta y ensayista con una cantidad considerable de libros publicados, William Ospina (Tolima, Colombia, 1954) editó en 2007 "Ursúa", su debut narrativo y la primera parte de una trilogía sobre el siglo XVI. Entre la reconstrucción histórica y la especulación épica, la saga plantea el proyecto de narrar, utilizando la biografía del expedicionario Pedro de Ursúa como hilo conductor y motor dramático, la fricción entre la civilización occidental y la naturaleza americana. Una fricción que, como se sabe, arrastra secuelas y temblores hasta nuestros días.
Si en "Ursúa" Ospina relató los años tempranos del expedicionario, y la construcción de un punto de vista que ayuda a entender los móviles de la fantasía, el riesgo y la violencia detrás de la búsqueda del mítico El Dorado, en "El país de la canela", el segundo volumen de la trilogía, que acaba de llegar a librerías, Ospina cuenta el primer viaje de Ursúa por el Perú y su fabuloso internamiento, acompañando a Francisco de Orellana, en las aguas del Marañón y la boca del Amazonas. Escrito en forma de relato epistolar, con largos fraseos líricos, "El país de la canela" reflexiona de paso sobre las intrigas y las componendas que signaron la conquista del Perú.
Para los lectores peruanos puede que toda la primera mitad del libro resulte más bien morosa, pues se detiene en escenas obligadas por el currículo escolar. Ahí está el episodio de traición y captura en Cajamarca, bien narrado, es cierto, pero fiel a las versiones políticamente correctas y predecibles de los libros de texto. También está el mito fundacional de Manco Cápac y Mama Ocllo, aunque inmediatamente es contrastado con la llegada de Ursúa al Cusco, décadas después de los primeros días de la conquista, cuando todo es desolación y no solo se hallan las ruinas recientes "sino vestigios de monumentos mucho más viejos que las piedras del Inca, porque allí todo comienzo es apenas el reflejo de una fundación anterior".
En más de una entrevista Ospina ha dicho que, a contramano de la narrativa colombiana actual, que suele indagar en los cauces de la violencia del presente, lo suyo es más bien una arqueología de esa violencia. Hay una frase de Ursúa, en el primer capítulo de la novela, que es clave: "Como si solo nuestra barbarie pudiera abrirle camino a nuestra civilización". Esa fatalidad es la espina dorsal de "El país de la canela", y es también el soplo dramático que sostiene sus páginas.