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ANTICIPO

El amante imperfecto

GANADOR DE LA OTRA ORILLA. EN EXCLUSIVA, UN FRAGMENTO DE LA NOVELA QUE SE LLEVÓ EL PREMIO DE NORMA EDITORIAL, OTORGADO A CARLOS CHERNOV POR GUILLERMO ARRIAGA, ALONSO CUETO Y JUAN GABRIEL VÁSQUEZ.

A Helenita la irritaba el altruismo egoísta del amor. No entendía con claridad el origen de su exasperación pero, cuando alguno de sus novios, con el pretexto de que la amaba, pretendía opinar sobre su vida o, simplemente, le deseaba el bien, Helenita enfurecía. Que se arrogaran derechos de propiedad sobre ella la enojaba casi tanto como los machacantes razonamientos de los enamorados rechazados, cuyo común denominador era: "Me querés pero no te animás a reconocerlo. Te da miedo entregarte". A Helenita también le fastidiaban los celos y, en general, que la tomaran como objeto de pasiones vehementes; no obstante, a pesar de que Guillermo pertenecía a esta última categoría, aceptó su invitación a cenar.

Guillermo la llevó al lugar más especial que conocía: el restaurante del Club de Pescadores, un muelle que se internaba en el río, en la Costanera Norte. Dispuesto a consumar un despliegue de seducción insólito en él, Guillermo logró que su madre le prestara el autor del doctor Olmo (luego de una interminable serie de recomendaciones: "Manejá con cuidado, mirá que a ese coche le gusta correr. No lo rayés en el estacionamiento". Pero, sobre todo, al precio de soportar un sofocante abrazo de su madre, conmovida por la emancipación de su hijo que ya usaba el auto del padre). Después de la muerte del doctor Olmo, la vieja coupé Mercedes Pagoda se había convertido en una reliquia exclusiva de Celina. Un auto pequeño en relación a su hipertrofiado motor de ocho cilindros, con una sed de nafta propia de un alcohólico. Su madre --que nunca había aprendido a manejar-- le negaba el Mercedes con la excusa del gasto, pero Guillermo sabía cómo custodiaba Celina las cosas que habían pertenecido a su venerado esposo.

El mozo los condujo a una mesa al aire libre, en una terraza lateral; el viento movía las cortinas y despeinaba a Helenita. Pidieron ensalada de hojas verdes y lenguado. Guillermo miraba comer a Helenita y ella, incómoda de que la observara, concentraba su mirada en la carne blanca del lenguado en la punta del tenedor. A Guillermo le costaba hablar, nada de lo que iba a decir lo conformaba, descartaba sin piedad cada frase que se le ocurría.

Para colmo, no podía evitar ausentarse de la situación y refugiarse en sus especulaciones teóricas. "Si la belleza es esa propiedad de las cosas que nos hace amarlas, ¿cuál es el orden causal? ¿La amo porque me parece bella o me parece bella porque la amo?" Guillermo esperaba que Helenita le preguntara en qué estaba pensando, pero cuando se lo preguntó, él se retrajo: "En nada", contestó nervioso. Ella frunció los labios con disgusto; "un enamorado constipado", sonrió Helenita para sí y siguió comiendo.

Arrepentido, Guillermo trató de mostrarse espontáneo; reanudó la conversación encaminándola hacia temas neutros: chismes de los compañeros de la facultad, predicciones para los próximos exámenes. Helenita le respondía con apatía. Demasiado pendiente, Guillermo traducía cada uno de los gestos de Helenita de acuerdo con un código previsible: "Me quiere / no me quiere". Guillermo la miraba con una intensidad que no coincidía con las trivialidades de las que charlaban; se encerraba y asfixiaba a su amada en la atmósfera enrarecida que él mismo producía. "Este tipo es un aparato", sentenció por fin Helenita desalentada. No obstante, debió reconocer que algo de él le atraía. Pensó que siempre había salido con muchachos menos complicados pero bastante más aburridos; a algunos los había usado para lucirse, se había adornado con ellos. Helenita gozaba de un notable éxito con los hombres. En los comienzos de su adolescencia, cada nueva confirmación de su poder la confundía, le llevó bastante tiempo acostumbrarse. Ahora consideraba estos enamoramientos como una enfermedad masculina de origen desconocido, por la cual ciertos hombres quedaban pegados a ella. Lo soportaba casi como un fenómeno natural, con la misma resignación con que un campesino acepta los caprichos del clima.

Desde la Costanera fueron al puerto de Olivos. En el auto siguieron hablando de asuntos poco comprometidos, hasta que Helenita, con ironía, lo acusó de ser muy enamoradizo. Al principio, Guillermo lo interpretó como un elogio. "Muero por ella, eso sin duda la halaga". Después, cuando lo repasó mentalmente, captó el tono de rechazo; se dio cuenta de que para Helenita "enamoradizo" significaba "cargoso", "baboso", "regalado", en resumen: poco atractivo. El desdén de su amada lo dejó paralizado, permaneció en silencio el resto del viaje.

En el puerto de Olivos, Guillermo estacionó el auto frente al río. Estaba demasiado oscuro como para apreciar el paisaje, solo se distinguía la franja de las aguas iluminadas por la luna. Pasearon por el muelle. Un pescador solitario recogía la línea, daba tirones a la caña arqueada y rebobinaba el 'reel' a toda velocidad; por fin, un pez brilló en el círculo de la luz del muelle, daba saltos en el aire en la punta de la caña. "Me gustan los peces por las escamas: son plateadas" dijo Helenita con aire soñador. Regresaron al auto y a la charla insulsa. Guillermo esperaba el momento en que, agotada la conversación, ambos se quedaran callados y se miraran a los ojos. Le resultaba muy brusco precipitarse directamente desde las palabras a las acciones físicas. Su cautelosa técnica amatoria requería de ese contacto mudo para iniciar el abordaje. Helenita le contaba muy entusiasmada los detalles de la boda de una amiga, Guillermo esperaba con impaciencia; sin embargo, cuando ella dejó de hablar, él no soportó el ansiado silencio, lo interrumpió con una pregunta que relanzó el relato de su amada. A la mezcla de rabia contra sí mismo se sumó la urgencia de que Helenita volviera a callarse y le diera una nueva oportunidad de tocarla. Pero la situación terminó de estropearse. Dos guardias de la Prefectura que hacían su ronda por el muelle pasaron cerca del auto. Helenita dijo que la Prefectura vigilaba que los chicos malos no se propasaran con las chicas buenas. Aunque Guillermo se dio cuenta de que lo decía en broma, no pudo evitar tomarlo en forma literal. Ya no se animó a besarla.

PERFIL
Nombre: Carlos Chernov
Nacimiento: Buenos Aires, 1953
Nacionalidad: Argentina
Trayectoria: Es médico psiquiatra y psicoanalista. Ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Planeta de la Argentina con la novela "Anatomía humana". Ha publicado "La conspiración china" (novela, 1997), "La pasión de María" (novela, 2005) y "Amor propio" (cuentos, 2007).

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