NARRATIVA
Por Enrique Sánchez Hernani
Robert Walser es uno de los autores suizos más enigmáticos y atrayentes de la primera mitad del siglo pasado. Su vida --nerviosa, alterada hasta deambular en la locura--, más que en ningún otro autor condicionó su prosa. A pesar de que contaba con la admiración sin ambages de Kafka, Musil y Walter Benjamin, es un caso de férrea y voluntaria oscuridad. Walser, como han hecho notar varios críticos, era un enconado enemigo del éxito y prefería debatirse entre la grisura y la moderación antes que triunfar editorialmente, como pudo hacerlo por sus extraordinarias dotes. Su ocupación más frecuente, la de criado, y el hecho de haber asistido a una escuela que lo preparó para tal cosa, lo volvió casi impalpable hasta la humillación.
Sin embargo fue un escritor que desató una prosa de ribetes de magnificencia suma. Conocido y alabado por ficciones como "Los hermanos Tanner", "El dependiente" o "Jakob von Gunten", habría de ser ensalzado a causa de la publicación póstuma de un conjunto de libros titulados "Microgramas, Escrito a lápiz", cuyo tomo final acaba de llegar a nuestras librerías. Aquí desenvuelve esas prosas breves que semejan ser viñetas, relatos cortos, impresiones de viajes o disquisiciones filosóficas, donde suelta su personalidad parda y cierto amaneramiento infantil que se eleva con imágenes y descripciones sublimes. Una delicia poética.
Todo en Walser fue deliberadamente atroz: su vida infame (que acabó en un hospital alemán para enfermos mentales), su muerte (mientras paseaba una mañana de Navidad sobre la nieve, donde lo halló, congelado, un grupo de niños), su vocación por ser ignorado. Por eso su obra refleja esa necesidad de asomar la cabeza sobre la podredumbre, víctima de la asfixia, aunque intente justificar su triste deambular, para lo cual apela a una poderosa imaginación que salta en estos "Microgramas".
Los volúmenes (tres en español), son el trabajo de traducción de 526 hojas de distinto formato en las que Walser escribió a lápiz y en grafías que a veces llegaban a solo un milímetro de alto, realizado a lo largo de 17 años por Werner Morlang y Bernhard Echte. El autor escribió las caligrafías de este tercer volumen entre 1925 y 1932. En 1929, a los 51 años, trasponía las puertas del sanatorio Waldau, de donde fue transferido en 1933 al sanatorio Herisau, donde no volvió a escribir más. Solo abandonaría ese lugar con su muerte. Su fragancia a testamento postrero, y su calidad literaria, lo convierten en un autor francamente imprescindible.