TEATRO
Por Alberto Servat
No son habituales las expresiones teatrales en nuestro medio que logran emocionarnos en los más diversos niveles, llevándonos de la admiración puramente estética a la reflexión capaz de promover el debate más exaltado. Son pocos esos montajes que nos conmueven despertando sentimientos de temor, incertidumbre y, finalmente, liberación. Es lo que sucede con "En casa / En Kabul", de Tony Kushner, cuyo montaje va por cuenta de Juan Carlos Fisher.
Con su acostumbrada audacia, Fisher aborda una obra compleja y tremenda en sus dimensiones. Una historia sobre una desaparición pero principalmente sobre una búsqueda. Cuyo telón de fondo es el contraste entre dos ciudades: Londres y Kabul; dos civilizaciones: Oriente y Occidente. Dos caras de un mundo partido, quebrado, incapaz de formar una unidad.
Una mujer se pierde durante un viaje a Kabul y su hija y esposo acuden en su búsqueda. Lo que encontrarán será devastador pero también la clave para un hallazgo mayor: la libertad de cada uno.
Con este argumento Fisher se aproxima a terrenos inexplorados en nuestra escena. Y con mano firme logra equilibrar todos sus elementos con asombrosa exactitud. Nada sobra en escena, nada falta tampoco. Hay en la producción armonía incluso en los detalles mínimos. De manera que iluminación, escenografía y vestuario, componen el universo ideal sobre el que se desarrolla el drama.
En la primera escena está el ama de casa ansiosa por ver el mundo. La representación ideal de una sociedad a puertas de la gran tragedia del 11 de setiembre. Y su viaje a Kabul puede parecer un capricho de un dramaturgo ansioso por sorprendernos o confundirnos. Pero no lo es. Esa mujer huye de Occidente y se refugia en el mundo talibán como esperando borrar su pasado, las raíces de su propia identidad. Y elige Kabul tal vez por ser una ciudad que ha vivido a lo largo de los siglos bajo el estigma de ser el refugio del fugitivo Caín, tal como señalan las tradiciones milenarias.
El director entiende perfectamente esta metáfora y la plasma sin grandilocuencia. Dejando que sea la fragilidad humana la que se encargue de su desarrollo.
Los intérpretes
A primera vista las actuaciones componen un trabajo conjunto bien armado. Aunque cada intérprete juega con sus propios recursos. En primer lugar Jimena Lindo, quien se entrega con convicción a un personaje que parece conocer bien. A partir de esa primera confianza va explorando en sus propias posibilidades llegando a niveles insospechados. Donde resulta más efectiva es justamente al expresar sus propias dudas, capaces de inquietarnos en nuestras butacas. Sus compañeros de reparto no siempre le dan la réplica oportuna (como Javier Valdez, bastante superficial, por cierto) pero cuando lo hacen el resultado es espectacular. Y en ese terreno encontramos a los hermanos Mario, Gabriela y Ricardo Velázquez, cuyo desempeño es sensacional. Conocía bien el trabajo de Mario y Ricardo, pero debo confesar mi sorpresa al encontrar a una actriz tan cuajada y dueña de sí misma como Gabriela. Su actuación como la mujer de burqa es simplemente memorable.
Dejo para el final a Norma Martínez, una actriz exigente consigo misma y cuyo desarrollo he seguido con atención. Norma interpreta a la mujer que desaparece. El ama de casa que tiene a su cargo la introducción de la obra y que desencadena el drama. Su monólogo es pronunciado con claridad. Domina cada una de las palabras que pronuncia, compartiendo sus experiencias, deseos e inquietudes. Sabe ser divertida y sincera. Pero a ciencia cierta nunca llegamos a conocerla. ¿Se toma en serio a sí misma? ¿Se burla del público como reflejo de la sociedad que está a punto de abandonar? ¿Hacia adónde o a quién va dirigido ese discurso?
Tal vez las respuestas no las tiene Norma Martínez sino más bien el propio Tony Kushner, quien crea ese abismo entre la primera escena y el resto de la obra. Una grieta tremenda en la que una mujer cae, se borra por siempre, para sacudir nuestra conciencia al enfrentar esa terrible dualidad que ha partido al mundo de manera irreversible.