Por: Francisco Miró Quesada Rada. Politólogo |
Así lo llamó el director del suplemento El Dominical de aquel entonces, ante unas irónicas palabras pronunciadas por el jefe de redacción, sobre Hugo Garavito. Y lo fue.
Había regresado a trabajar luego de diez años de permanencia en México, donde por su inteligencia y cultura llegó a ser asesor de Zedillo, aquel presidente que preparó la transición de su país, luego de la tragedia de Donaldo Colosio. Caminando por el Zócalo, me dijo: "Paco, me gustaría regresar a Lima para cuidar a mi mamá". ¡Ajá!, pensé, esta es la mía, me lo jalo de nuevo. Así fue, en menos de lo que canta un gallo, el 'Gran Garavo', así lo llamábamos sus íntimos amigos, ponía los pies en Lima.
Lo conocí en una circunstancia especial, trabajábamos juntos y en una ocasión me llamó: "Miró Quesada, quiero hablar con usted". Pensé que quería información sobre mi trabajo, pero por espacio de media hora entablamos una interesante conversación, abordando temas de historia, literatura y política. Concluida la reunión me retiré. Años después me confesó que tenía en su escritorio una carta para despedirme, pero les había dicho a sus superiores: "Miró Quesada se queda, nos entretenemos mucho cuando conversamos, no lo puedo despedir".
Me consta su honestidad y su austeridad. Fue incorruptible. Cuando en "El Dominical" iniciamos una campaña contra unos negociados en la concesión a una empresa polaca dedicada a la pesca de consumo humano, unos sujetos vinculados con esa empresa lo invitaron a almorzar al famoso restaurante del hotel Crillón. Al concluir le dejaron una maleta con dinero. Él sabía de lo que se trataba, se paró, se despidió y la campaña continuó con más fuerza que nunca contra la mafia. La maleta se quedó en el suelo. No le interesaba el dinero, pero sí el poder, claro, para servir a los demás.
Garavito formó parte de esa especie de periodistas corajudos que no se amilanaba ante nada.
Pasó momentos de pobreza porque, por su honestidad y su lealtad, tuvo que renunciar a diversos trabajos. Entonces, los amigos cercanos desplegábamos nuestros tradicionales lazos de solidaridad. Íbamos a su casa llevándole comida, ayuda pecuniaria o moviéndonos para conseguirle trabajo.
Tenía un innato talento para la política, pero por su franqueza caía antipático a muchos. Era directo, crítico, claro, cuestionador, le molestaban los palanganas, los arribistas y los sobones.
Muchas cosas puedo contar de su vida, de un amigo leal, de un gran amigo. En los últimos años, cuando era regidor, nos reuníamos en los restaurantes del Paseo de los Escribanos, donde entablamos acalorados debates, porque, curiosamente, en muchos temas teníamos más discrepancias que coincidencias. La última fue cuando le decía: "Devuélveme mi muro", en alusión al cerco de San Marcos que la Municipalidad de Lima derribó. Por supuesto, él a favor del concejo limeño y yo de mi querida San Marcos.
Me hablaba de sus libros, yo de los míos, intercambiábamos experiencias. La amistad siempre se mantuvo ante todo.
Un mes antes de su sentido fallecimiento, nos reunimos. Compartimos un desayuno frugal para hablar de su último libro, recién terminado para la edición, sobre la influencia del liberalismo foráneo en el pensamiento liberal peruano.
Quiero terminar este recuerdo diciéndote: Hermano, no te preocupes, solo te has adelantado, estamos contigo, estás con todos nosotros.