Por Mariella Balbi
Sucede hasta en las mejores familias. Líos, rencillas, incordios terminan siendo el día a día de cada grupo humano unido por consanguinidad o institucionalmente. Vemos a progenitores expropiados por sus hijos mediante triquiñuelas jurídicas, padres que se alían a un grupo familiar para desfavorecer a otro, donde el asesinato --y esto no es novela, lo sabe bien el lector-- es la última carta de las disputas monetario-pasionales. El trabajar en instituciones de todo tipo y conocer su dinámica íntima nos revela que siempre, como en las familias, existen bandos, críticas soterradas, pequeñas envidias y todas esas emociones algo bajas, pero reales, que conforman la naturaleza humana. La Policía Nacional de nuestro país no es ajena a ello; lo confirma el cruce de espadas que hemos visto en los últimos días.
Y vaya choque que fue. La autoridad máxima, con razones fundadas o no, no 'pasaba' al director general de la institución. Acostumbrados a que ante un nombramiento en un alto cargo militar, ¡zuaz! cinco, seis o diez oficiales precedentes se vayan al retiro sin dudas ni murmuraciones, nunca imaginamos que el pulseo sería en este caso tan, pero tan intenso. Como en el pugilismo volteábamos la mirada a un lado y al otro del 'ring' para ver quién ganaba. El final de la crisis policial no es nítido, porque si bien el director general en cuestión terminó dejando el ansiado puesto, no salió de la institución. Los archiexpertos en estos procedimientos sostienen que es una situación atípica e ilegal.
Una lástima que así sea porque los ciudadanos tributamos al Estado para que este nos brinde seguridad, para no tener pandillas, 'marcas', violencia, secuestros, pillaje. Y si en la policía hay broncas internas, altamente pasionales, pues el objetivo se descuida, como ocurriría en cualquier otra institución que dedicara su energía a estos menesteres. Cabe preguntarse por qué se dejó que la crisis prosperara durante varios días. El presidente tenía y tiene la potestad de pedir la renuncia del director general; sin embargo, demoró en hacerlo. En las tensiones partidarias del Apra el presidente ha buscado mantener contacto con todas las facciones, pero la policía no es un partido político y tampoco debería actuar como tal. Dicen que el saliente director policial será asesor del presidente, algo contraproducente porque el canal de comunicación con uno de los portafolios más importantes es el ministro. Y si este no lo convence, no debió nombrarlo. Al estar ya 'sobre el caballo' no se trata de jalarle la alfombra o mediatizar el apoyo.