EDITORIAL
Por Eduardo Gómez de la Torre Freundt. Arquitecto
Me puedo imaginar la frustración del presidente Alan García cuando ve que, a pesar de sus esfuerzos por hacer bien las cosas, estas no funcionan y no resultan como él quisiera. La consecuencia de esto deriva en una percepción desfavorable de su gestión por parte de la mayoría de la población, que se ve reflejada en la baja aprobación en las encuestas de opinión pública.
Me imagino, además, los esfuerzos de los personajes más allegados a él y de los no tan allegados, pero que quisieran acercársele, por tratar de encontrarle explicaciones razonables, satisfactorias a esta situación, cuidándose, por supuesto mucho, de que ninguna de estas interpretaciones pase por o siquiera roce con alguna posible responsabilidad, por acción u omisión, de parte del presidente. Nadie cometería tremendo desatino, sabiendo las consecuencias e implicancias que el siquiera insinuar algo en ese sentido les acarrearía, tanto a los de su entorno inmediato como a los que por diversos motivos desean acercársele y que, por supuesto, rebotarían mas rápido y lejos que pelota de frontón con una respuesta de esas características.
¿Entonces, cómo puede el presidente García contar con la información veraz y los comentarios acertados que pudieran permitirle una interpretación correcta de los hechos producto de lecturas y análisis objetivos de los mismos con un sentido que trascienda la coyuntura y permita una aproximación no solo políticamente correcta sino ética y moralmente consistente, que le permita ubicarse y reaccionar de manera adecuada ante los diferentes sucesos que le corresponde enfrentar?
Es entonces cuando una oposición seria y responsable resulta indispensable con el propósito de aportar perspectiva y fórmulas que permitan encontrar nuevas soluciones a viejos problemas.
Por eso es importante para un estadista el poder contrastar la información que su interesado entorno le proporciona y estar en condiciones de ponderarla, sopesarla con la que le llegue por diferentes medios de una oposición responsable. Es ahí también donde los medios de comunicación tienen un papel y responsabilidad especial para ventilar adecuadamente los argumentos y posiciones que permitan un mejor entendimiento de los mismos, por las partes que los sustentan y la población que se verá beneficiada o perjudicada por los resultados de la discusión y las decisiones que se tomen.
Por supuesto, quienes estarían en situación de llevar agua para su molino o hacer leña del árbol caído no estarían en las mejores posiciones para aportar con objetividad y un sentido positivo y trascendente a las soluciones de los problemas más serios y graves, puesto que sus repuestas básicamente estarían orientadas a sacar ventajas políticas de la situación y no a contribuir a la solución de los problemas y conflictos, aun así ponderándolas habría que tener la sabiduría para evaluarlas. Para esto se requiere articular una oposición seria y responsable que esté en condiciones de anteponer sus intereses de grupo, de partido o los personales a los del país. Esto revelaría un grado de madurez cívico-política que aún no estamos en condiciones de exhibir, pero al que justamente debemos aspirar y propugnar por lo menos mediante un diálogo abierto, sincero, transparente en el que se llamen las cosas por su nombre y presenten con candor y sencillez sus argumentos, y que estos no sean vistos como una ingenuidad y falta de talento político, como si para hacer política fuera necesario mentir, engañar y hablar hiperbólicamente diciendo todo para que nadie entienda nada, cuando lo que requerimos de los políticos en estos momentos especialmente es claridad, precisión, coherencia e integridad.