EDITORIAL
Por AlfredoTorres G. Ipsos Apoyo
Los empresarios despiertan actitudes ambivalentes en la población. La mayoría estaría encantada de entregar la mano de su hija a un empresario, pero se opondría a que se entregue la gestión del agua potable a una empresa privada. Ocurre que los hombres de negocio tienen imagen de ser hábiles y competentes, pero también de egoístas y socialmente insensibles. El obrero que vería con buenos ojos el matrimonio de su hija con un empresario de buena situación económica está convencido, al mismo tiempo, de que la manera como ese empresario incrementa su fortuna es a costa de cobrar lo más que pueda y pagar lo mínimo posible.
Es verdad que en la esencia de cualquier plan de negocios está el crecimiento de las ganancias y que un camino típico para ese propósito es el control de los costos. Es cierto también que, en los años en que imperaba el intervencionismo estatista y la demagogia, las empresas estaban concentradas en maximizar sus ganancias de corto plazo porque no sabían lo que les depararía el futuro. Pero también es verdad que los tiempos han cambiado y ya es posible actuar de manera diferente.
"El momento es de primera, no juguemos en segunda" es el lema con que se convocó la CADE 2008. Hoy la frase puede leerse con ironía dada la crisis internacional, pero es incuestionable que las condiciones nacionales para el desarrollo empresarial han mejorado sustantivamente y que ello permite hacer planes con un horizonte de largo plazo. La estabilidad en las reglas de juego y la sensatez en política económica que durante décadas reclamaron los empresarios en sucesivas CADE ya es una realidad y eso permite actuar hoy con la mentalidad puesta en maximizar las ganancias en el largo plazo. Es decir, jugar como una empresa de primera.
Una diferencia central entre una empresa de primera y una de segunda es la práctica de la responsabilidad social empresarial (RSE). Esta consiste en la conciencia de que la empresa debe proveer bienes y servicios socialmente útiles y que debe ocuparse, más allá de lo que obliguen las leyes, por el bienestar de sus trabajadores, el cuidado del ambiente y el progreso de la comunidad en la que actúa. La experiencia demuestra que la RSE incrementa el prestigio de la empresa y su marcas, mejora la productividad de sus colaboradores y reduce el riesgo de que la empresa se vea afectada por problema de índole social o político.
El Perú cuenta ya con algunas grandes empresas bastante avanzadas en materia de RSE. Por ello, ocupa el segundo lugar en América Latina, después de Chile, en el ránking internacional de la ONG Accountability. El reto que debería explorar la CADE es cómo extender esa cultura a las demás empresas grandes y medianas e incluso las pequeñas; en qué medida las empresas que ya practican la RSE podrían desarrollar incentivos a sus proveedores o distribuidores para que actúen también como empresas de primera; qué buenas prácticas de RSE pueden ser difundidas para su aplicación en empresas medianas que no cuentan con la escala de las empresas más grandes.
En la medida en que más empresas privadas practiquen la RSE la confianza en el sector privado irá incrementándose. No será un proceso fácil, ya que en el inconsciente colectivo queda la memoria de abusos e indiferencia. Pero, solo si se avanza por este camino, los empresarios irán ganando la confianza de la ciudadanía y esta no caerá seducida por la prédica simplista de algún demagogo en el futuro como los que ya gobiernan otros países de Sudamérica.