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Padres e hijas

Rincón del autor. Ellas han establecido un Edipo (...) No olvidemos que Luciana tiene un pie en el Congreso y el otro en el disco duro de los negocios ilegales de su padre

Por Abelardo Sánchez León

La historia de Luciana León me lleva a los complejos entramados de padres e hijas que existen entre Keiko Sofía y Alberto Fujimori, Silvana y Vladimiro Montesinos, las hermanas Malú, Frances y Marisol y José Francisco Crousillat. Ellas han reemplazado a sus hermanos y han establecido un Edipo en un territorio fangoso: en el de los negocios más allá de la ley, el reconocimiento social y el ansia de trascendencia que antes era monopolio de los varones.

Ellas forman parte de una generación que tiene necesidad de participar en el ámbito que los hombres se habían reservado para sí mismos: el bufete, la empresa, la política. Ellas se desenvuelven cerca de sus padres, son sus armas secretas, sus cómplices. Establecen un Edipo que reemplaza lo puramente afectivo con el propósito de ocupar unos espacios racionales e intrigantes a partir de alianzas que los asemeja como dos gotas de agua en la ciénaga de la codicia. No la entrega con dote, la retiene para sí con la idea de enriquecer su patrimonio.

¿Los padres son conscientes de esta nueva relación? ¿Qué les atrae de sus hijas? ¿Por qué se sienten tan afines a ellas? No olvidemos que Keiko Sofía abandonó a su madre y prefirió el seductor aroma que encarnaba su padre; que Silvana Montesinos utilizó una tarjeta de crédito como si fuese un despilfarrador empresario centroamericano; que las hijas de José Francisco Crousillat lucharon por él tanto durante su exilio como cuando regresó al país detenido por la justicia; que Luciana tiene un pie en el Congreso y el otro en el disco duro de los negocios ilegales de su padre. Todas ellas son mujeres ambiciosas, le entran a la brega sin temores, se juegan el pellejo. Pero, detalle importante, lo hacen en dupla con sus progenitores. Son sus parejas y no para bailar exclusivamente el "Danubio azul" la noche de su boda, sino para actuar fuera del ámbito familiar y tentar un reconocimiento del que no gozaban plenamente las mujeres.

Luciana León ha dejado de ser la niña de los ojos, la chica joven del Congreso de la República, la mujer ingenua de sensibilidad social. Se ha convertido, lástima, en una hija que tiene con su padre una relación entremezclada con el negocio. No olvidemos que sus padres son mujeriegos, que han roto con su compromiso oficial y que quizá encuentran cobijo en la compresión ciega de sus hijas: un Edipo perverso, devorador y bastante autodestructivo.

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