Por: Jaime de Althaus Guarderas
Los cubanos tienen acceso en sus televisores a cinco canales de televisión, los cinco del Estado. Uno de ellos está dedicado al deporte, otros dos a programas educativos, y los restantes a noticias nacionales e internacionales (convenientemente seleccionadas para mostrar lo mal que están las cosas en otros países), un programa político llamado "Mesa Redonda", cuyo conductor es un funcionario ideológico del gobierno, reportajes sobre la manera esforzada y eficiente en que el gobierno está enfrentando tal o cual problema, documentales sobre la revolución y telenovelas.
El periodismo es propaganda del régimen. Es una saga de la revolución y de la labor del gobierno mezclada con medias verdades y desinformación. El clima que se crea es el de un país en el que sus autoridades están junto con el pueblo luchando por un destino colectivo mejor, y en el que cualquier adversidad es culpa de la naturaleza o del imperio. La gente, entonces, se siente en un ambiente relativamente protegido, pese a que gana apenas entre 10 y 15 dólares al mes de salario más una canasta familiar que no alcanza --salvo el arroz-- sino para unos días, y que muchos viven prácticamente sin luz porque no tienen para pagarla y deban robar o "resolver" --como le dicen-- en su trabajo para sobrevivir.
El contraste con el ambiente público en un país como el Perú es absoluto. Los peruanos tenemos acceso a muchos más canales de televisión y solo uno es estatal, muy criticado porque eventualmente se atreve a pasar algún discurso presidencial. La competencia entre los canales les lleva a privilegiar la noticia mala o escandalosa, los crímenes y violaciones, los accidentes fatales, el 'chuponeo', la corrupción, los enfrentamientos verbales, la protesta violenta, etc. Lo mismo ocurre con la prensa escrita.
El ciudadano, entonces, si bien se mantiene eventualmente entretenido, no se siente partícipe de un proyecto común sino que vive en un ambiente de incertidumbre en el que el Gobierno carece de autoridad, credibilidad y legitimidad. Esto no significa que la causa de esta precariedad política sea la libertad de prensa o a la manera como se ejerce ni que la democracia sea intrínsecamente ingobernable. Pero sí es cierto que su labor es más compleja y difícil y demanda un mayor grado de autocontrol y responsabilidad en los ciudadanos, que sea la contraparte del nivel de autonomía e iniciativa que tienen y que, sin duda, en el régimen cubano no existe. Allí son todos menores de edad.