Por: Juan Paredes Castro |
El primer ministro, Yehude Simon, tuvo ayer un potencial triple mensaje al inaugurar la edición 46 de la CADE. No podía tener mejor escenario para lo que deseaba decir.
De un lado llamó a los empresarios a invertir con inclusión social, en lo que representa para estos un sobreaviso más que una crítica. Y del otro lado fustigó a la izquierda radical cuyas acciones de violencia terminan afectando a los que dicen defender: los más pobres.
Pero donde inclinó la mayor fuerza y acento de su discurso fue en la agenda de compromiso político que puso en la mesa del poder, de la que él forma parte, en busca, claro está, de una respuesta urgente del propio Gobierno.
En efecto, Simon quiere pasar a ser, de mera llave de diálogo y conciliación, bisagra de articulación real y efectiva entre el Gobierno Central y los gobiernos regionales. Quiere ser un presidente de Consejo de Ministros capaz de hacer girar las puertas de la negociación y entendimiento entre Lima y el interior del país, sin saborear las frustraciones de su predecesor, Jorge del Castillo.
Simon se somete a esta prueba de riesgo, además, en circunstancias poco felices, con un norte y sur socialmente convulsionados, aunque a la luz de que no todas las cartas están echadas y ante la circunstancia de que le sobra todavía espacio de maniobra y gracia de confianza para reemplazar el discurso político por una bien gerenciada regionalización.
Si en verdad Simon desea ser el hombre bisagra del régimen de turno, tiene que empezar por remover algunos grandes obstáculos al interior de la burocracia estatal y por establecer alianzas estratégicas entre el Ejecutivo, el Congreso y las presidencias regionales para que problemas como los que motivan las protestas de Moquegua, Tacna, Cusco y Cajamarca se conviertan, más que en mesas inconsistentes, que no llevan a ningún lado, en equipos de trabajo coordinados y comprometidos a generar resultados.
El Estado no se lleva y se trae de aquí a allá porque se quiere. Necesita tener capacidades propias de movilidad y servicio. Y algo más: necesita una voluntad política enorme de la presidencia, del primer ministro, del Gobierno y del Congreso, para acabar de una vez con el viejo diagnóstico del mal peruano y sustituirlo por un conjunto ágil y homogéneo de decisiones políticas realistas y viables.
¡Claro que Simon puede ser la gran bisagra que planteó ayer! ¡Pero no hay bisagra posible que no pase por una voluntad política de empezar a cambiar las cosas, por lo menos desde la burocracia de las leyes y los trámites!