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CARTAS DEL FIN DEL MUNDO

Horas de vuelo

Por Maki Miró Quesada

Mi madre nunca se dio un masaje. Tampoco nunca fue sola a un restaurante ni tomó sola un avión. Lo primero le hubiera chocado mucho, para ella era impensable ponerse en manos de una extraña --ni qué hablar de un extraño-- sin más protección que una toalla. Lo segundo no hubiera sido bien visto en su mundo, en ese mundo tan lejano hoy donde una señora sencillamente no iba sola a ninguna parte y menos donde había personas que no conocía. ¿Y lo tercero? Bueno simplemente le tenía miedo al avión y solo aceptaba embarcarse acompañada por mi padre, un rosario apretado entre los dedos que no soltaba en ningún momento durante las largas horas que duraban entonces los viajes en avión a hélice. El advenimiento del jet no cambió en nada la situación. Aparte de ponerse pantalones, jugar al golf y fumar su vida no era muy distinta a la de su madre ni a la de su abuela. Nunca trabajó ni manejó un carro, salvo en una mítica ocasión donde --miraccolo!-- viajó a través de Estados Unidos, desde Nueva York hasta California con su hermana y su mamá y condujo todo el camino. O por lo menos así lo contaba; la aventura sucedió mucho antes que yo naciera y sin poner en duda su veracidad siempre sentí que le pasó a otra persona. Sus hijas rompimos todas esas barreras y muchas otras más.

La valla inicial que salvé fue ser la primera mujer de mi familia en ir a la universidad y graduarse. La segunda no fue ponerme a trabajar --seguro que alguien ya lo había hecho antes-- pero sí fue hacerlo en mi propio negocio, y por supuesto empecé a viajar sola y a comer donde me daba la hora, sola o acompañada. Años más tarde le comenté a mamá que mi hermana y yo íbamos a almorzar a un restaurante japonés que habíamos descubierto en Lince (esto muchísimo antes que el sushi se volviera tan popular como la butifarra). Extrañada, como tanteando un terreno desconocido me dijo: "¿Pero hijita, qué pasa si alguien les dirige la palabra?" Inútil era explicar a mi protegida madre que en ese restaurante solo había japoneses en viaje de negocios que ni nos miraban y además no hablaban una palabra de español; para ella si dos señoras tenían la peregrina idea de almorzar solas --algo de por sí sospechoso-- lo podían hacer solamente en un club bajo la mirada vigilante de otros socios y donde nadie se atrevería a abordarlas.

Los años pasaron, trabajé en Ginebra y Nueva York y París y tomé muchos, muchos vuelos, lo cual no era tan malo como pensaba mi madre ya que en varias ocasiones, como era joven y viajaba sola, terminaba invitada por el piloto a ir en la cabina del avión. La edad y el 11 de setiembre acabaron con eso, además ya casi no viajo sola. Una vez en Nueva York me encontré con una amiga peruana y le propuse ir a comer hamburguesas a P.J. Clarke's --uno de los pubs más emblemáticos de la ciudad--. Me hizo el mismo comentario de mi mamá, con una variante: "Uy qué nervios. ¿Qué hacemos si alguien nos mete letra?". "Lulu esto es Nueva York, aquí nadie se mete con nadie". Días después en el avión que nos traía de regreso al Perú me confesó que lo que ella había temido era que fuéramos a P.J's y nadie nos hablara. Ah el maravilloso eterno femenino de las limeñas, siempre más sutil de lo que imaginamos.

Hoy tengo la misma edad que mi madre, en todo caso la edad en que más la recuerdo y he comido sola en aeropuertos, hospitales, trenes, hoteles, cafeterías de todo tipo, restaurantes de todo precio y uno que otro palace de cinco estrellas. Los vuelos y las millas ya no los cuento y en cuanto aterrizo me doy un masaje. Mi madre intimidada por un mundo que nunca se atrevió a explorar tenía sin embargo la intuición misteriosa que tienen las madres y siempre me dijo: "Hija, deberías escribir".

Este año hacen diez años que murió. Al año siguiente empecé a escribir.

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