PSICOLOGÍA
Por Jorge Paredes Laos
Por siglos la mujer fue prácticamente encasillada en tres roles: la madre, la virgen y la prostituta. Todos ellos generados a partir de la función que cumplía en la sociedad, ya sea como reproductora, encarnación de la pureza o expresión de la sexualidad descontrolada, es decir más allá de los parámetros impuestos por la religión. Las figuras de María (la madre santa) y de Eva (la mujer pecadora que fue castigada a parir con dolor) aparecen así en las antípodas de lo femenino. Figuras que se condensarían en María Magdalena, la prostituta redimida del pecado y partícipe del milagro de la Resurrección. Estas tres representaciones de lo femenino no solo han marcado profundamente a las mujeres, sino han definido en muchos aspectos las relaciones entre los sexos. El estereotipo del macho --alimentado por toda la música popular y los folletines-- es el del hombre autoritario que sacraliza a la madre, al tiempo que defiende la virginidad de la hija y se divierte en la calle con prostitutas, mujeres denigradas con quienes se permite hacer todo lo que se niega a sí mismo en casa. Estas imágenes pueden haber ido cambiando con el tiempo, pero no lo suficiente para ser eliminadas del imaginario social.
Por eso el libro de Estela Welldon, psiquiatra y psicoterapeuta de las clínicas Tavistock y Portman de Londres, generó hace veinte años una especie de conmoción: la maternidad, la virginidad y la prostitución puestas en un mismo plano, como fantasías inherentes a la función de ser mujer ("la prostituta es una fantasía muy común en las mujeres", dice ella). Y más aun: la maternidad vista no como fuente de sacralización o realización que la tradición judeocristiana había ensalzado, sino como el territorio en el que algunas mujeres reproducen antiguos traumas o abusos, y desarrollan perversiones que afectan sus propios cuerpos y los de sus hijos.
***
Estela Welldon vino a Lima para dictar una conferencia sobre "El vínculo madre-hija en la posmodernidad", organizada por el centro Oye Papá, Oye Mamá, una institución especializada en asesoría y orientación para padres, niños y adolescentes. Conversamos con ella antes de iniciar su charla en el auditorio de la Universidad Peruana Cayetano Heredia.
¿A qué se refiere cuándo habla de perversiones femeninas? ¿Qué se pervierte, la maternidad en sí misma o el instinto maternal?
Lo que se creía es que el instinto maternal aparecía automáticamente en las mujeres cuando se convertían en madres. Y esto no es así, en algunas mujeres no sucede. Yo las llamo perversiones, porque son realmente lo paralelo a la perversión masculina. La principal diferencia es que en la masculina el ataque se produce contra un objeto externo, una mujer o un niño en el caso del incesto, en cambio en la femenina el acto es contra su propio cuerpo o contra lo que ella considera su extensión, sus hijos. Un exhibicionista solo obtiene gratificación si muestra sus genitales de forma inesperada a mujeres, y ellas se sienten humilladas y alarmadas por su ataque. Él necesita esa respuesta para sentirse reasegurado en su masculinidad, pero no son cosas que el perverso elige. Él no entiende por qué las hace y sufre mucho por ello. Yo quiero enfatizar la palabra sufrir porque estas personas sufren de un modo extraordinario porque no eligen las acciones que realizan. En lo que respecta a las mujeres, el ataque va dirigido contra ellas mismas. En la adolescencia aparecen quemaduras, cortes, y eso que a nosotros nos parece horrendo a ellas las hace sentirse vivas. Una negación maníaca producida por una depresión profunda que les genera odio hacia sus propios cuerpos.
¿Un odio hacia su condición de mujer?
Al lesionar el propio cuerpo existe un rechazo inherente al sexo femenino y a la fecundidad. En un trastorno alimenticio como la anorexia se ve la ausencia del período menstrual. Es una situación bien compleja que puede manifestarse también como una relación sadomasoquista con hombres que las tratan muy mal. Inclusive los embarazos pueden estar motivados por sentimientos negativos, lo cual raras veces se admite. La mayoría cree que cuando una mujer está embarazada, eso es síntoma de salud mental, pero en realidad a veces el embarazo se debe a razones de venganza. La mujer decide quedar embarazada para no estar sola o para tener a alguien que la quiera. Entonces estas madres tratan de ejercer un control y un poder absoluto sobre ese hijo o hija, pero como esto no sucede se sienten tan mortificadas, humilladas y defraudadas, que empiezan a castigarlo. Es probable que las niñas humilladas desarrollen otra vez esa misma actitud cuando lleguen a ser adultas. Cuando uno analiza a estas mujeres debe ver por lo menos tres generaciones anteriores a ellas.
¿La relación madre-hija se vuelve entonces muy conflictiva?
Es muy importante cómo ha sido el vínculo madre-hija anterior. Es muy difícil escapar al destino de una infancia denigrada, cuando estas niñas no se sintieron ni bien queridas ni bienvenidas al mundo es muy probable que reproducirán esas actitudes perversas sobre sus hijas.
¿Qué cambios han llamado su atención en la relación entre hombres y mujeres?
Por primera vez tanto hombres como mujeres sienten el mismo temor al sexo casual. Con la aparición del sida ellos se dieron cuenta de que con una sola vez podían contagiarse, cuando las mujeres supimos desde siempre que una sola vez y podíamos quedar embarazadas, algo que iba a cambiar toda nuestra vida futura.
Maternidad saludable
La maternidad es un acto solitario, una compenetración total entre la madre y el bebe, es el momento en el que ocurren grandes y pequeñas cosas. Por eso es importante crear espacios de diálogo donde la mujer pueda decir todos sus temores, miedos, fantasías y ansiedades. En cualquier caso, lo mejor es buscar ayuda profesional. Para que una maternidad sea saludable, el entorno (pareja, familiares, amigos) tiene que ser muy perceptivo con todos los cambios que experimenta la mujer. (Psicoterapeuta Patricia Capellino)