Por Pedro Ortiz Bisso
Imaginemos por un instante que en un inesperado rapto de lucidez, Manuel Burga decide renunciar a la Federación Peruana de Fútbol (FPF), la FIFA no considera que su determinación sea producto de la presión política y al cabo de unas pocas semanas tenemos una nueva junta directiva en la Videna. ¿Los problemas del fútbol peruano habrán llegado a su fin? ¿Los clubes dejarán de ser los bastiones de la informalidad y el abuso contra el jugador? ¿Volveremos a tener campeonatos bien organizados y, sobre todo, entendibles para el común del público? ¿La selección recobrará las esperanzas de clasificar al Mundial?
En este rincón hemos señalado en reiteradas ocasiones que Manuel Burga no debe seguir al mando de la federación, no solo por los malos resultados deportivos, sino, por encima de todo, por su incapacidad para realizar un manejo eficiente de la organización futbolística del país, su falta de objetivos claros, el nulo consenso que convoca y su absoluta falta de credibilidad. Sin embargo, centralizar en él la culpa del desastroso momento por el que atraviesa el balompié nacional es un despropósito de marca mayor.
Las autoridades del Gobierno, el jefe del IPD, los congresistas, ¿acaso tienen una idea de qué debe hacerse para sentar las bases de un desarrollo futbolístico sostenido y con aspiraciones? ¿Manejan un esbozo de cuál debe ser el nuevo sistema organizativo y las metas a trazarse? ¿Tienen definido algún plan para solucionar la situación de quiebra virtual en que se encuentra la mayoría de clubes del país?
El plan por estos días parece ser: saquemos a Burga y luego después se verá. Mediáticamente, 'burgarizar' la situación del balompié peruano puede traer réditos generosos, pero es un craso error. Que se vaya Burga, sí, pero pensemos también en el día después, en qué orientación debe tomar nuestro fútbol a fin de que no vuelva a verse enfrascado en estos avatares y se sienten las bases para alcanzar su despegue definitivo.