Por Patricia Castro Obando. Corresponsal
PHNOM PENH. No soy Dante, ella no es Virgilio, su historia no tiene nada de comedia aunque sí algo de divina, pero vamos camino a una sucursal del infierno. Es Felicia Farías, la madre de uno de los cinco peruanos recluidos desde el 2006 por tráfico de drogas en la Cárcel de Prey Sar, a diez kilómetros de Phnom Penh, la capital de Camboya. Tras narrarme su odisea de casi dos años, la confundo con Beatriz.
El trayecto cuesta 12 dólares en mototaxi pero el polvo que tragamos y los baches asesinos son gratis. El conductor podría ser Caronte, el barquero mitológico que transporta las almas hasta el lugar del castigo. Hago equilibrismo para no caerme, ella se aferra a su Biblia. Felicia, piurana de 56 años, abandonó su paradisíaca Paita en febrero del 2007, cuando se enteró de que su hijo Rodolfo Otero había sido detenido en Camboya por narcotráfico. "Corrí al mapa para saber dónde estaba ese país. Vendí la casa, junté dinero, dejé a mis dos hijas con mi hermana en Lima y me vine", relata.
Hasta ese momento lo único que sabía Felicia era que su hijo de 29 años había viajado a Tailandia para reunirse con Sudjai Wan Pasum, una joven tailandesa que conoció por Internet. Pero la pareja fue arrestada en Siem Riep, destino turístico camboyano considerado patrimonio de la humanidad. El nombre es casi una amenaza. Siem Riep se traduce como "caída de los tailandeses". Y Rodolfo decepcionó a su padre. "Así como se metió a eso, que salga solo", le reclamó a Felicia.
"Pero yo soy la madre, y si no lo ayudo, ¿quién lo ayudará? Ahora soy mamá de siete", comenta sin quejarse. Además de su hijo y de su novia, se refiere a los peruanos Silvia Gómez Ramírez, Eduardo Rosales Ruiz, Christian Romero Pacífico y Heder Martel Rojas, y al ecuatoriano José Picuasi de Loayza. A excepción de Rodolfo y Sudjai, todos son parte del mismo molde. Tomaron la ruta Lima/Quito-Buenos Aires-Phnom Penh. Tragaron las cápsulas en Argentina. Fueron arrestados en el aeropuerto camboyano con casi un kilo de cocaína en el estómago. Todo por un botín de 4.000 dólares.
Felicia tuvo que adoptarlos porque en Camboya no hay embajada ni consulado peruanos. La jurisdicción le corresponde a la misión diplomática en Malasia que no cuenta con presupuesto. "Hasta ahora no he podido presentar mis cartas credenciales. Tengo la responsabilidad pero no tengo los medios. Es un problema de recursos", me explica dos días antes, el embajador Alejandro Gordillo Fernández, en su oficina de Kuala Lumpur.
Otras dos peruanas, Julie de Rivero y Juana Encalada colaboraron en su momento. Ambas coinciden en que los peruanos están desprotegidos en cárceles de pésimas condiciones. Pero es Felicia quien lleva, dos veces al mes, víveres, medicinas, ropa y todo lo que alcance con los cien dólares de su pensión de jubilada. Lo único que nunca compra es cigarros porque "eso es vicio", les advierte a los inculpados por drogas.
Y que Felicia duerma en un templo, ya no sorprende. Una familia guatemalteca de misioneros evangélicos le brinda un cuarto a 90 kilómetros de la capital. Ella les retribuye ayudando en las tareas domésticas. "Mi fuerza está en Dios que nunca me abandona", revela. Quienes sí la abandonaron fueron los tres abogados anteriores y se llevaron juntos 1.400 dólares. "A veces creo que mi presencia le ha hecho daño a mi hijo. Al verme aquí todos piensan que tengo plata", se lamenta.
Ahora cuenta con un cuarto defensor proporcionado por una ONG. El abogado Sok Dara apelará la sentencia de veinte años que desde el 25 de julio del 2007 pesa sobre Rodolfo. Un día después me explica lo complicado del caso. Llama a Rodolfo Mister Perú, a su novia Miss Thailand y menciona la existencia de una tercera persona, The Other. "La policía cree que Mister Perú, Miss Thailand y The Other forman una banda de narcotraficantes. Pero solo The Other portaba cápsulas en el estómago", puntualiza y encarpeta el expediente.
Miss Thailand también recibió una condena de 20 años.
En Camboya no hay pena de muerte por tráfico de drogas. "En todos los supuestos, la condena es excesiva", reclama. El abogado sugiere que a través de canales diplomáticos se solicite un informe sobre la situación de los peruanos procesados, a los ministerios de Relaciones Exteriores y Justicia camboyanos. Pero Felicia quiere el indulto del rey para su hijo.
PAGO POR VER
Entrar a la cárcel de Prey Sar tiene un costo. Solo las moscas y las ratas transitan sin pagar y se nos adelantan. Abonamos a los guardias en cada uno de los tres controles. La última puerta es propiedad de un celador al que llamo Minos. Está sentado a la entrada del averno y su cola --otro guardia más bajito-- recibe el dinero.
Cada prisionero tiene un precio y hasta en la sucursal del infierno, las mujeres valen menos. Pago casi tres dólares por ver a Silvia, y entre cinco y diez por cada uno de los varones. "Qué bueno que vino a verme primero. Necesito conversar", me advierte Silvia y no para. Nació en Huánuco, a los 17 se fue a Lima y a los 19 llegó a Camboya con 95 cápsulas de cocaína. Fue arrestada el 26 de setiembre del 2006 y sentenciada a cinco años de cárcel. "Cuando termine mi condena tendré apenas 24, todavía estaré joven", supone. Le digo que me voy pero no me escucha.
Junto a Silvia cayó Eduardo Rosales con 900 gramos. También es de Huánuco, y cumple cinco años de prisión. "Me faltan 35 meses para irme", calcula. Tiene 29 años y está apurado por salir. "Tengo una novia que se llama Mabel y nos escribimos", anuncia. El pastor se encarga de llevar y traer las cartas de amor. "Seguro que te engaña", grita uno de sus compañeros de celda. Ya no quiere hablar más.
Christian Romero, de 32 años, nació en Lima y está enamorado "pero seguro que ya me dejó", se adelanta. Fue arrestado el 22 de setiembre del 2006 con casi un kilo de cocaína, junto a un ecuatoriano. "Mucha gente lo hace fácil y no pasa nada. A mí me han echado siete años", detalla. Quiere cumplir toda su sentencia en Camboya porque no podría ver a su mamá pisar una prisión.
La misma condena pesa sobre el ecuatoriano José Alfonso Picuasi de 35 años, natural de Imbabura. Partió de Quito y llegó con 52 cápsulas dentro de su cuerpo, lo cual equivale a 2.000 dólares. "¿Valió la pena por tan poco dinero?", le pregunto. "Tengo esposa y siete hijos. Para mí es oro". Dice estar agradecido con los peruanos y con el pastor guatemalteco que lo visita. "Pero él es evangelista y yo soy mormón", revela.
Quien se confiesa católico, apostólico y hasta romano, es Heder Martel Rojas, de 25 años. Nació en Huánuco y tiene esposa y dos hijos. Fue detenido el 6 de octubre del 2006 con 106 cápsulas. Anda tan asustado que lleva un rosario en el cuello "como protección". Le han impuesto 20 años de cárcel, y según la policía, fue él quien delató a Rodolfo y a su novia. Heder lo niega todo. Ni apelará.
"Esto es una mierda". Así me recibe el hijo de Felicia, un ex marino mercante, ex técnico de aduanas y ex operador de cabinas de Internet. Rodolfo nació el 7 de enero de 1979, el mismo día en que Vietnam invadió Camboya y puso fin al brutal régimen de Pol Pot que provocó la muerte de dos millones de camboyanos. Le pregunto si no le da pena su madre. "Yo deseo que regrese al Perú pero no quiere", arguye. Antes de irnos, Rodolfo le pregunta a Felicia cuándo volverá a la cárcel. Ella le responde, "pronto".
Se acabó el tiempo. Minos ordena y los presos desaparecen con un plano de la ciudad que Felicia ha traído en su cartera. Preguntan si es para escapar.
Nadie sale ileso del infierno, lo compruebo. Puse la palma de la mano derecha sobre un alambrado de púas para evitar una caída y ahora tengo la línea de la vida más larga y con sangre. "Mañana habré vuelto al paraíso chino", comento. Felicia sonríe por primera vez y admite que su vida es un infierno. "Pero no voy a irme hasta que alguien se haga cargo de estos muchachos", me advierte. Le digo adiós con mi mano izquierda.