EDITORIAL
Por Enrique Bernales Ballesteros. Jurista
Si como millones de personas confiamos, Barack Obama es elegido presidente de Estados Unidos, su elección implicará un cambio de dimensiones mundiales.
Será la primera vez que un hombre de raza negra asuma la presidencia de la primera potencia mundial. Este avance contra la discriminación racial significará un paso gigantesco a favor de la democracia libre e igual para todos.
Desde una perspectiva de derechos humanos y de profunda identificación con el principio de no discriminación, constituirá un estimulo para la humanidad, particularmente, para una raza que históricamente se ha sumido en la exclusión, pese a los preclaros principios plasmados en la Declaración de Independencia.
En segundo lugar, Barack Obama encarna la realización del sueño americano y de las oportunidades del progreso individual.
Nada más bello que su promesa de ser el artífice de la universalidad del éxito (más allá de las diferencias) y del acceso para todos a los servicios, a la igualdad de trato, a los buenos empleos sin exclusión, a la educación que iguala las oportunidades.
El sueño americano, tan contrastante con las prácticas de la esclavitud, del apartheid y de la persecución fanática de la raza negra por parte de algunos grupos, se hace realidad con Obama, que vence las resistencias de una historia cargada de contradicciones entre el texto y los hechos.
Otra buena razón para esperar a Obama es que con él los demócratas vuelven al poder y se van los malos modales y el fundamentalismo agresivo de George W. Bush, plasmados en Guantánamo, en Iraq, en las guerras preventivas, en la pérdida de libertades y de la privacidad ciudadana, en la hostilidad contra los migrantes.
Obama es el retorno del idealismo y de los principios auténticamente liberales que dieron origen a esta magnífica nación, es la línea de continuidad con los padres fundadores, la razonabilidad, el respeto de los derechos constitucionales y los buenos modales.
Todo lo que se aguarda de Obama es importante para Estados Unidos y lo es para el mundo. Lo es porque ese país siempre dio al mundo la imagen de ser el gran garante de la civilización. La Filadelfia de los primeros años independientes nos dio el extraordinario aporte del reconocimiento de los tres derechos liberales por excelencia: "la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad".
Tras ella devino el rudo individualismo de los emprendedores que construyeron las grandes ciudades y sus grandes mercados, el fin de la esclavitud y el sublime mensaje de Abraham Lincoln, la audacia y el liderazgo anímico de Franklin Delano Roosevelt en los más oscuros tiempos de la crisis económica y el idealismo de Kennedy.
Estados Unidos es también su cultura abierta, su emergente clase media, sus sabios jueces y su solidez Constitucional.
Barack Obama, en síntesis, encarna la vuelta a ese país de valores que se extravió entre vuelo de halcones. ¡Que el retorno a la raíz no se pierda! Y que la esperanza retoñe.