Desde hace 45 años los Argüello Reyes viven de los difuntos. La mamá, hijos, nietos y bisnietos mantienen una funeraria en su propia casa de Bogotá
Por Susan Abad. Corresponsal
BOGOTÁ. "Los muertos son agradecidos y son nuestra vida". Esta frase puede resultar extraña, pero es la que regularmente repite doña Berta.
Y es que vivir de la muerte, convivir con uno o varios finados y dormir al lado de ellos, no es ningún misterio para la familia Argüello Reyes, propietaria desde hace 45 años de la funeraria Fátima, ubicada en uno de los barrios más antiguos y empobrecidos de Bogotá.
Doña Berta Reyes de Argüello recibe a El Comercio en la puerta del negocio, con la amabilidad con la que acoge a sus visitantes. "La funeraria se pensó (ideó) en la tienda de la esquina, cuando un maestro de obra, un carpintero y mi esposo, tomándose unas cervezas, pensaron que al barrio le faltaba un lugar donde velar a sus muertitos", recuerda la mujer que, a sus 69 años, no deja de atender hasta el mínimo detalle del negocio, y se preocupa para que el almuerzo esté preparado cuando llegue del colegio su bisnieto Nicolás.
La tiendecita la había colocado don Luis Guillermo Argüello, apenas llegado del municipio de Ubate, en las gélidas montañas cercanas a la capital colombiana. Asegura que se sorprendió cuando "al otro día del trato de palabra (que hicieron los tres amigos) llegaron los primeros ataúdes", los mismos que tuvieron que acomodar apresuradamente en el garaje.
A medida que Berta traía a la vida los ocho hijos que Dios y don Guillermo le proveyeron, la funeraria crecía. La tiendecita desapareció y su pequeña casa tuvo que ser agrandada. El espíritu comercial de don Guillermo lo llevó a dejar su trabajo y aprender a hacer los ataúdes, mientras su esposa hacía coronas y ramos. "Se habilitaron salas de velación (velatorios) y unos años después la morgue donde arreglaban los cadáveres", cuenta.
JUGANDO CON LA MUERTE
"Nosotros crecimos en medio de los muertos", dice Jorge Enrique, el tercero de los hijos de doña Berta. "No necesitábamos carros ni camiones para jugar. Con las cajas (ataúdes) pequeñas hacíamos trenes o nos acostábamos en las cajas con los niños vecinos", recuerda. "No había el mito de tenerle miedo a los muertos y para nosotros era normal".
"De forma natural, nosotros (los hijos) empezamos a ayudar en el negocio. Aprendimos a tapizar, a forrar con terciopelo las cajas y hasta se volvió un juego porque mi papá permitía que los amiguitos vinieran a ayudarnos", relata Jorge Enrique.
"Llegábamos del colegio y nos sentábamos en las cajas a hacer las tareas, a sumar y restar. Y así empíricamente aprendimos a arreglar al muerto, a colocarle el hábito de san Francisco o de la Virgen del Carmen si era mujer", acota Uriel, otro de los hijos.
AÑORANZAS DEL PASADO
Las circunstancias, las leyes y las exigencias de las autoridades fueron mermando en las funerarias y la empresa se redujo.
"Ahora ya no se arreglan los cadáveres", cuenta Berta. "Nosotros los poníamos bien, se suturaban, se les procuraba tapar heridas y se les maquillaba", recuerda. "Pero la Secretaría de Salud ordenó desde hace tres años que eso solo pueden hacerlo los que hagan un curso y es costoso. Ahora a veces viene un tanatólogo especial, que es graduado".
Tener buen corazón también ha contribuido al decaimiento de la funeraria. "Nosotros trabajamos para pobres y cobramos poco. Cobramos 800.000 pesos (unos US$400) por todo el servicio. Pero hay gente que por lo barato piensa que damos un mal servicio y se van a donde les cuesta más caro", se lamenta.
Hasta las costumbres han ido desapareciendo. "Antes uno velaba el cadáver a cualquier hora. Ahora hay que cerrar la sala de velación a las 10 de la noche, ya ni rezan y la gente viene a charlar y a tomar tinto (café)", relata
Pero los Argüello Reyes no se amilanan. "Mis hijos Jorge, Luis y Uriel trabajan todo el día en la funeraria. Mis hijas Marta Lucía, Gloria, Rosa y Adriana vienen algunas veces. De mis 25 nietos, Leonardo maneja la carroza y Julián hace las vueltas (el papeleo) y ayuda con las coronas. De mis 5 bisnietos ya Nicolás ayuda a repartir los tintos, las aromáticas (infusiones) y en lo que puede", cuenta orgullosa Berta, mientras nos despide en la puerta, con el mismo cariño con el que da el último adiós a sus rígidos clientes.
SEPA MÁS
4 En Colombia operan alrededor de 1.031 empresas funerarias. El 80% de estas son compañías de origen familiar.
4 Gracias al mercadeo y el fortalecimiento en sus planes y servicios, el negocio funerario ha mostrado en los últimos cinco años un crecimiento promedio aproximado de 6% y sus ganancias se han incrementado entre un 10% y 20%.
4 Tanto ricos como pobres se preocupan por sus entierros. El 54% de los hogares estrato 6 (el máximo nivel económico) y el 40% en estratos mas bajos (1 y 2) tienen seguro exequial.
4 Los servicios funerarios pueden costar desde US$400 hasta US$ 30.000