PUNTO DE VISTA
Por Juan A. Velit Granda. Internacionalista
La República Democrática del Congo vuelve a arder. Como si fuera un destino inexorable, esta nación africana se ha visto constantemente asolada por la violencia impulsada por actores extraños a su drama, que la perciben solo como el escenario propicio para el combate y la expoliación.
Desde el siglo XVIII, esta región africana fue uno de los focos de atracción de los europeos. Sus amplias llanuras, sus hermosas sabanas y su gran riqueza la hicieron un bocado apetitoso para los voraces colonialistas. Su inmensidad, que abarcaba desde el Atlántico hasta el río Kwango por el este, hasta Ruanda, Burundi y Tanzania por el oeste, y por el norte hasta el río Congo y Sudán, atrajo aventureros de toda estirpe.
Posteriormente, Leopoldo II, rey de los belgas, le dio un impulso a la colonización e inició un proceso de explotación de su riqueza, especialmente del hule, que no tiene parangón en los estándares africanos. Es importante citar la novela de Joseph Conrad, "El corazón de las tinieblas", en la que se aborda magistralmente el trato brutal que se les daba a los nativos de este castigado país.
Las ricas minas de uranio y de diamantes, luego, fueron el atractivo de los colonialistas. Pero en los últimos tiempos son el coltan y otros metales estratégicos la verdadera razón de que este país continúe cubierto de sangre y dolor. El coltan es la contracción de dos metales, la columbita y la tantalita, de los que se extrae el niobio y el tántalo, materiales imprescindibles en la fabricación de computadoras, celulares e instrumentos sofisticados que se utilizan en misiles y bombas 'inteligentes'.
La carrera por conseguir el control de los recursos naturales ha estimulado el paso del caballo de guerra, que en algunos casos trota y en otros cabalga a toda rabia. Pero nunca ha dejado de galopar, como ahora.
Desde 1999, cuando gobernaba el asesinado Laurent-Desiré Kabila, el Congo fue invadido por otros Estados africanos como Uganda y Ruanda, y el conflicto tomó características generalizadas. Muchos países estaban inmersos en el conflicto combatiendo cada cual su propia guerra, el que finalizó con los Acuerdos de Pretoria, con los que gracias a los esfuerzos diplomáticos de Kabila y a la cooperación de Angola, Namibia y Zimbabue se pudo detener el conflicto llamado por algunos la primera guerra mundial africana, por la cantidad de países que se involucraron.
Pero muchos de los oficiales ruandeses y ugandeses que fueron licenciados después del conflicto optaron por convertirse en sicarios que controlaban determinadas regiones y explotaban sus riquezas naturales para vendérselas a las transnacionales europeas.
La historia, aunque corta, es compleja porque a los enfrentamientos étnicos se añaden los intereses económicos. Pero en los últimos días la violencia ha empezado a mostrar su rostro macilento, lo que ya ha empezado a calificarse como la segunda guerra mundial africana. Ha sido cuando el general rebelde Laurent Nkunda se ha vuelto a levantar en armas, ha movilizado a antiguos soldados del ejército y con la justificación de que el país continúa ocupado por los hutus, tradicionales enemigos de los tutsis congoleños, ha iniciado sangrientos operativos militares. Pero todos saben que el verdadero objetivo del general Nkunda es el control del coltan y del diamante .
Vuelve otra vez el África, la tierra de la desesperanza y el martirio, a contemplar el desolado panorama de muchedumbres de desplazados que buscan un lugar de protección, como peregrinos hacia una tierra que nadie les ha prometido. Mientras tanto, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) ha reconocido que desde el último domingo más de 50,000 refugiados se dirigen a Kibati, campamento ubicado al este de Kinshasa.
Se espera que la comunidad internacional, que vive ajena a este drama, haga el esfuerzo por detener la violencia y no se repita el triste espectáculo de 1990 que cobró 4 millones de vidas.