MÚSICA
Por Jorge Paredes Laos
En el segundo piso de su casa en Miraflores, Enrique Iturriaga ha construido una biblioteca que reúne cientos de colecciones de música y composiciones que cubren las cuatro paredes de la habitación. Ahí están su mesa de trabajo y su piano, un instrumento que le trae infinitos recuerdos familiares. "En el año 42 ya era un piano viejo", bromea. "Mi abuela tenía uno igual y no sé por qué lo había dejado en la casa de mi madre, en Huacho, ahí yo empecé a jugar con los sonidos. Así como otros niños jugaban con la pelota o con los carritos, yo jugaba con el piano".
Acaba de cumplir 90 años y tiene una jovialidad a prueba de balas. "Mi abuela vivió hasta los 107 años y yo espero vivir hasta los 105", dice y ríe de buena gana. Músico, compositor y maestro de varias generaciones de compositores, Iturriaga todavía va al Conservatorio una vez por semana a dictar clases. Hace números y dice: "He tenido alrededor de 25 mil alumnos". Al costado de su sillón, aún está fresca la composición que acaba de terminar hace dos semanas para el homenaje que le rinden con ocasión del VI Festival de Música Clásica Contemporánea.
Como muchos compositores y músicos, usted empezó a tocar de oído y recién con el tiempo ingresó al Conservatorio.
Cuando era niño, todo el mundo tocaba piano. No había radio, no había televisión y el cine todavía era mudo. Mi papá tocaba valses vieneses, y a él le gustaba mucho que yo tocara el piano, me incitaba a que compusiera. Me decía, imagínate cómo marchan los soldaditos, y yo hacía la música. Mi madre tocaba piano y mis tías también. Era casi siempre de oído. Es lo que llaman la música inmediata. En mi caso, esto me duró hasta los 15 o 16 años, cuando mi madre me llevó a tomar lecciones de piano donde Lily Rosay, que era esposa de Andrés Sas, el compositor. Pero a mí me interesaba más la composición y le pedí consejo a César Arróspide, quien era amigo de la familia, y él me habló de un músico alemán que acababa de llegar al Perú. Entonces conocí a Roberto Holzmann, mi gran maestro. Estudié con él un año y medio, y luego por sugerencia suya me inscribí en el Conservatorio. Siempre digo que yo nací dos veces, la segunda vez fue con Holzmann.
¿Ahí empezó su fascinación por Stravinsky?
No, eso fue después. A Stravinsky y los músicos contemporáneos yo los empecé a escuchar por Paco Pinilla. Paco era un tipo formidable, su papá era un cónsul español y en su casa tenía una discoteca fenomenal. Recibía todos los discos que se producían en Estados Unidos. Ahí estaban Stravinsky, Prokofiev, Bartók. Paco conocía también de Sebastián Salazar Bondy, Eielson, Sologuren, ahí todos nos hicimos amigos. Juntos, íbamos al teatro, y después nos reuníamos en un café para tomar gaseosa (risas). El grupo se fue ampliando, conocimos a Sérvulo, a Ricardo Grau, que jugaba tenis conmigo. Cuando Holzmann me llevó al Conservatorio, ahí conocí a Celso Garrido, a Rosita Alarco, quien fue pintada varias veces por Sérvulo y por Grau.
La poesía fue muy importante en su obra...
Sí, es que muchos de mis amigos eran poetas. Eielson leía gran cantidad de poesía francesa y de teatro francés también, que era lo que a mí me interesaba. Y la primera obra que hice fue "Canción y muerte de Rolando", basada en el poema de Eielson, cuya lectura me impresionó muchísimo. Era un poema largo, tenía unas veinte páginas, y con el propio Jorge seleccionamos los fragmentos más importantes, hasta formar tres partes cantadas.
Arguedas fue otro personaje importante en su formación musical, ¿cómo lo conoció?
Él me enseñó el otro mundo, que era el que yo necesitaba conocer. En el segundo año de Conservatorio yo quise aprender a dirigir un grupo coral y un amigo me dijo que en el Puericultorio podía encontrar a muchos niños dispuestos a aprender. Este centro estaba dirigido por los hermanos maristas, a quienes yo conocía del colegio. Fui a buscarlos y ellos me permitieron formar un coro escolar. A fin de año hicimos una presentación, y yo incluí algunos arreglos míos. Arguedas formaba parte de una comisión de la Beneficencia y fue a ver el espectáculo. Al final, se me acercó y me preguntó de quién eran los arreglos. Le dije que míos y él me dijo "tenemos que conversar", y luego me invitó a trabajar con él en el colegio Guadalupe. Nos hicimos amigos. Yo iba a su casa los domingos, a almorzar, y de ahí nos íbamos a La Victoria, a las carpas, y luego hicimos un viaje a la sierra. Arguedas quería que conociera a profundidad toda la música andina.
¿Cuánto le debe su obra a este conocimiento de la música andina?
En realidad, muchísimo. A raíz de "Tres canciones para coro y orquesta", Arguedas dijo que yo había fundido todo lo costeño con lo andino y había hecho que sean ya inseparables.
Los críticos han dicho que su obra es una búsqueda de la identidad de la música peruana.
Ese siempre ha sido mi ideal. Y eso viene tal vez de Holzmann. "¡Tienen que hacer cosas de aquí!", nos decía. Él nos incitaba a escribir, y terminó amando mucho el Perú. Por eso, Celso Garrido y yo siempre hemos trabajado lo que se llama la tercera mayor y la tercera menor.
Explíqueme ese proceso que es clave en su obra.
Fíjese la diferencia entre estos dos valses criollos. (Iturriaga tararea "Nube Gris" y "El Plebeyo"). "El Plebeyo" es más bajo, ¿no? Es que es más triste. A eso le llamaba Holzmann la tercera arequipeña, que es algo que se forma cuando hay dos voces que cantan un yaraví. Por ejemplo, la última obra que he hecho ("Manormeyor", estrenada en la inauguración del VI Festival de Música Clásica Contemporánea), es una obra para cuarteto y está íntegramente trabajada entre tercera mayor y tercera menor. Es una cosa muy triste, y tiene que ver con una experiencia personal. Cada vez que dejaba mi carro en la calle Camaná para ir a dictar clases en el Conservatorio, frente a la Iglesia de San Agustín, había un cieguito que tocaba su violín. Era una melodía tristísima. Ese recuerdo me impulsó a hacer esta obra. Se me ocurrió jugar con la tercera mayor y la tercera menor, pero con un intervalo extra que las funde a las dos. Estas dos terceras hacen una cosa muy curiosa y son el símbolo del Perú porque la tercera mayor es usada por la música española, más alegre, y la tercera menor por la andina, mucho más melancólica.
A eso posiblemente Arguedas se refería cuando decía que había fundido las dos músicas del Perú.
Homenaje a dos grandes
El festival también rinde homenaje al compositor español Luis de Pablo (Bilbao, 1930), quien es fundador de los grupos Tiempo y Música y Alea, y ha compuesto más de cien obras musicales. De Pablo e Iturriaga recibirán el próximo martes 18 (7:30 p.m.) el premio Antara, en el Centro Cultural de España. Esa noche el trío español Arbós interpretará composiciones suyas.
El festival continuará hasta el próximo 30 de noviembre en Lima, Piura y Trujillo. Para mayor información sobre conciertos y actividades visitar: www.ccelima.org
Concierto
4Orquesta Sinfónica Nacional
DIRECTORA: Mina Maggiolo. Director invitado: Carlos Fernández Aransay (España). Solista: Carmen Escobedo (piano)
DÓNDE: Auditorio Los Inkas del Museo de la Nación. Av. Javier Prado Este 2465, San Borja.
HORARIO: Domingo 16, 11:30 a.m.