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Los 11 peruanos encarcelados en Malasia y Camboya no son los únicos que sufren por un delito. Sus familias en el Perú viven otra tragedia: continuar sin ellos en la angustia

La angustia de los que se quedaron

Crónica PRISIONEROS EN ASIA

Por Vanessa Romo Espinoza

Desde hace dos años, y con un boleto solo de ida al Asia, once peruanos empezaron a escribir su desolador destino y, en algunos casos, hasta su epitafio. Seis de ellos llegaron a Malasia y cinco a Camboya, países que muchos de ellos escuchaban por primera vez y que, además, tienen estrictos castigos contra el tráfico de drogas. Por eso, al ser descubiertos con cocaína, la suerte estaba echada.

Sin embargo, otro episodio comenzó para los que se quedaron con la esperanza de un "regreso pronto" de sus familiares e incluso de un sospechoso silencio. Tras ser notificados del encarcelamiento de sus seres queridos, sus vidas tuvieron que cambiar. Algunos de ellos se animaron a contar su historia.

AQUÍ TE ESPERO
Shirley Vásquez, de 48 años, sostiene las palabras escritas en una carta de su esposo Ermógenes Pisco y se aferra a ellas como si fueran él mismo. El sobre tiene estampillas de Malasia y fue enviado el 29 de febrero de este año. Su esposa vuelve a leerla y solo identifica órdenes para liberarlo. Habla con el traductor, este es el nombre del abogado, a este teléfono debes llamar. Por eso se mudó de Aucayacu, en Huánuco, a Lima, junto con tres de sus siete hijos, para empezar los papeles y ayudar a Ermógenes. Él le ha dicho que lo llevaron con engaños, y ella no hace más que creerle.

A fines de setiembre, llegó a sus oídos una noticia que señalaba que uno de los peruanos detenidos en Malasia podría ser condenado a muerte, y el terror inundó su rostro hasta inmovilizarlo. Desde ese momento, una parálisis facial acompaña el dolor de no saber qué más hacer para traer a su esposo de vuelta.

Dolly Ruiz, suegra de Quique Cenepo, sí se quedó en Aucayacu pero cuida a su nieta mientras su hija Nanny trabaja en Puerto Maldonado. "Quique se fue y ella tuvo que viajar para trabajar en la madera, donde le pagan más", cuenta. Nanny se fue con su otro hijo, y solo esperan que la justicia de Malasia no sea tan drástica con Quique. Las esperanzas son lo único a lo que pueden aspirar, porque a ellos el dinero solo les alcanza para mantenerse.

Blanca Curay, esposa de Aroldo Girón, reprocha la decisión de su cónyuge pero dice que solo le queda apoyar al padre de sus tres hijos. "Me dejó embarazada, buscando un mejor futuro, pero no estuvo cuando más lo necesitaba", dice resentida. En tanto, Gladys Quito, hermana de Isidro, aún guarda las esperanzas de verlo. "Estamos haciendo vigilias con todo Huánuco para que lo traigan de vuelta. Incluso estoy juntando sus papeles para que pueda enfrentar un buen juicio", dice con una triste ilusión.

MADURAR EN LA CÁRCEL
Una carta de letras redondas y tinta azul que llegó el 8 de setiembre de este año fue la última señal de vida que Yanina Gómez tuvo de su pequeña hermana Silvia. Yanina tiene 25 y es mayor que Silvia solo por tres años, pero la ve tan indefensa como si aún fuera una niña. Ellas nacieron en el distrito de Amarilis, en Huánuco, y no la ve desde que se escapó de la casa a los 18 en busca de una identidad. Luego de medio año, Yanina y su familia se enteraron que había llegado hasta Camboya para encontrarla. Estaba encarcelada por tráfico de drogas.

"Mis papás están muy tristes, todos la extrañamos", dice con la voz apagada, pero serena. Ella sabe que aunque la situación los preocupa, Silvia está recluida en un país que no condena a la muerte. Ella estará en casa en el 2011. "El 26 de setiembre cumplió dos años de sentencia, ya no falta nada para los cinco", cuenta con una ligera emoción a través del teléfono. Para Yanina, como para la mayoría de familiares de los encarcelados en Asia, los días de la detención y de la sentencia se han convertido en fechas para recordar, junto a los cumpleaños y decesos.

"Estoy madurando, hermana, ahora empiezo a valorar a la familia". Esta frase que Silvia escribió en su última misiva tranquiliza a Yanina. Recuerda que cuando fugó de la casa, era una chica alocada y rebelde. Cuando los llamaron del Ministerio de Relaciones Exteriores para informarles sobre su hermana, buscó a través de la web dónde quedaba Camboya para empezar a ayudarla.

"Somos pobres, pero de vez en cuando hacemos polladas para juntar dinero y le mandamos de 150 a 200 dólares", cuenta. Sabe que es la única manera como pueden apoyarla. "Yo sé que está arrepentida, era la ovejita negra de la casa pero ahora vendrá cambiada", cuenta y finaliza diciendo que ahora están ahorrando para comprar su pasaje de retorno y esperar con los brazos abiertos a la hija pródiga.

ESPERANZAS DESTRUIDAS
La desgracia de los peruanos encarcelados en Asia también llegó a Huancayo, y a la familia que menos lo esperaba. Desde el 16 de mayo del 2007, Víctor Urcuhuaranga se convirtió en la maldición de sus parientes. Ese fue el día en que lo detuvieron en Malasia, y aunque esté cerca de la muerte por el delito que cometió, ellos ya no desean saber nada de él.

El desconsuelo en el llanto de su madre, Carmen Calderón, significa que la decisión familiar de que Víctor debe cumplir su condena, aunque esta sea morir, no es nada fácil. Víctor trabajaba como inspector en Provías Nacional, proyecto del Ministerio de Transportes en el Perú. Por eso no se pueden explicar qué pasó por su mente para acudir a un exilio que podría costarle la vida.

"Hubiéramos preferido que nos digan que ya fue ejecutado a enterarnos de esto", sentencia Zoraida Gómez, prima del encarcelado. Urcuhuaranga es un apellido conocido y honorable en Huancayo, y este suceso para ellos es una desgracia no por la muerte de un ser querido, sino por la reputación perdida. "Quisimos ayudarlo y buscamos una abogada particular, pero si ya no hay nada por hacer, que asuma la consecuencia de sus actos", continúa con aridez. "Ahora la obligación la tenemos con sus dos hijos pequeños", agrega. Zoraida se despide y continúa preocupada por su vida y por la de sus buenos familiares. Para ellos, la de Víctor ya no califica más.

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