Edición impresa

  • Imprimir página
  • E-mail
  • Aumentar texto
  • Disminuir texto
  • Favoritos
  • Mr. Wong
  • Delicious
  • Menéame
  • Google
  • Facebook
CRÓNICA. LOS LOGROS DE UN PUEBLO

El milagro de la iglesia Santa Eulalia

El sacerdote camerunés Jerome Ndo Mih, de 34 años, ha conseguido que los pobladores de Santa Eulalia se unan para reconstruir la iglesia del pueblo descuidada por años.

Por Beatriz Rejas García

A Jerome Ndo Mih todos lo quieren en Santa Eulalia. Todos lo saludan. Todos lo respetan. Él es un sacerdote camerunés de 34 años que se ha ganado el cariño de la gente (de su gente) basándose en el compromiso, lealtad, alegría y solidaridad con ellos. Con los suyos. Y por ello su gente lo ayudó a reconstruir la iglesia Santa Eulalia, levantada en la plaza de armas de este pueblo ubicado a solo diez minutos de Chosica.

Él llegó hace ocho años a este templo por casualidad, cuando aún era seminarista. Jerome y dos compañeros estaban decepcionados pues no tenían una iglesia donde afincarse. Cuando iban al aeropuerto para retornar a su país, el taxista que los trasladaba los escuchó y ofreció llevarlos a conocer el viejo templo de Santa Eulalia. Aunque tenían dudas, la curiosidad pudo más. La primera impresión no fue buena. Pese a esto, Jerome y uno de los jóvenes clérigos se instalaron. Esa fue la decisión más acertada.

URGENTE REHABILITACIÓN
Luego de estar ocho años en la iglesia Santa Eulalia, que data de antes de la independencia del Perú, el sacerdote comprobaba a cada instante que el templo debía ser rehabilitado con urgencia. La calamina del techo se caía a pedazos. La madera del altar y las bancas estaban apolilladas. El piso y las paredes tenían huecos. La feligresía había huido por temor a un derrumbe. Escuchar misa parecía un camino corto al cielo.

La idea de reconstruir el templo comenzó a rondar la cabeza de Jerome luego del terremoto del año pasado. "Ahí sí pensé que todo se caía", cuenta este religioso de la congregación Hijos de la Inmaculada Concepción.

Era enero del 2008 y los trámites para obtener la autorización del Instituto Nacional de Cultura (INC) comenzaron. Tras dos meses de papeleo, el visto bueno de la institución estatal llegó. En teoría se podía empezar la reconstrucción. Pero en la práctica no. No había plata para hacerlo.

Fue allí que Jerome, como todo buen líder, decidió dar el ejemplo. Una prima le había enviado unos dólares para que se comprara una laptop. Pero la laptop podía esperar (es más, sigue esperando). Ese dinero tenía una misión más importante. Se usó para comprar una de las primeras vigas del techo. Las demás llegarían como una nueva versión del relato de la multiplicación de los panes: una tras otra a través de donaciones.

DE GRANO EN GRANO
En realidad, todos los arreglos y las mejoras que hoy luce la iglesia Santa Eulalia son fruto de la colaboración de unos cien residentes del pueblo. La remodelación del templo, que culminó hace un mes, ha significado la inversión de 85 mil dólares.

Lo realizado con este templo es sorprendente. "Es un sueño verlo así ", dice conmovido el buen feligrés Pedro Cateriano.

Para la reparación de la iglesia cada uno puso lo que pudo. Alguien donó las mayólicas para el piso. Otro, el dinero para mejorar las conexiones eléctricas y el cableado. Uno por ahí dio para el nuevo altar de madera tallado por los habitantes del célebre pueblo de Chacas, en Áncash. Pero, eso sí, todos los que colaboraron --y colaboran-- con las reparaciones lo hacen en silencio. Solo el padre Jerome sabe quién dio qué. Pero no lo dice. Es lo que menos importa.

La adquisición de las bancas merece un capítulo aparte. Unas semanas antes de que lo entrevistáramos, el sacerdote anunció durante la eucaristía la realización de una colecta para comprarlas. Sin embargo, al concluir la misa muchos se le acercaron y se ofrecieron a donar las bancas. Hubo personas que pudieron donar una o dos. Otros pudieron aportar un tercio de su costo. "Acá no importa cuánto se done, la idea es que se haga", cuenta.

Para Jerome, colaborar no siempre significa hacerlo con dinero. Santa Eulalia no es rico. Y si bien provee las mejores paltas que se consumen en Lima, no todos pueden desprenderse, aunque quieran, de su dinero. Por ello la mano de obra también ayuda. Y mucho. Vilma Gonzales, una sencilla lugareña, limpia el altar con un esmero digno de ser imitado. Eso es lo que ha conseguido el padre africano en Santa Eulalia: que cada uno dé lo mejor de sí en beneficio de todos los que viven en este pueblo.

  • Imprimir página
  • E-mail
  • Aumentar texto
  • Disminuir texto
  • Favoritos
  • Mr. Wong
  • Delicious
  • Menéame
  • Google
  • Facebook