EL FUTURO DE ESTADOS UNIDOS
Por Alejandro Deustua. Internacionalista
Estados Unidos acaba de elegir a un líder que, al tiempo de representar un cambio fundamental en la sociedad norteamericana, deberá extraer a la primera superpotencia de uno de los entrampamientos sistémicos más complejos de la posguerra. Aunque el señor Obama provenga de las fuentes tradicionales de la política estadounidense, su condición racial ha sido un factor tan determinante en su victoria, como el hartazgo con la administración que lo precede. Ambas situaciones deberán ser gestionadas si el presidente electo va a ser efectivamente el presidente de todos los norteamericanos y si el erosionado liderazgo de la primera superpotencia va a recuperar eficacia y legitimidad en un sistema que también cambia aceleradamente.
Para contrarrestar el exceso de expectativas evidenciadas en la contienda electoral, el pragmatismo es un activo que Obama deberá valorar a la brevedad. Simultáneamente, el realismo que requieren las nuevas condiciones económicas y de balance de poder internacionales debería procurarse un lugar en la idealista agenda del nuevo gobernante. En términos nacionales ello implica acondicionar las políticas de estímulo monetario y fiscal y de cobertura universal de servicios públicos a lo que pueda considerarse sustentable en el muy largo plazo. Y también supone que realidad política de la diversidad demográfica no confunda una sociedad multicultural con una plurinacional.
Si EE.UU. desea seguir siendo una superpotencia, también debe consolidarse como una nación en la que las fuerzas cohesivas equilibren las diversas lealtades que la jalonean. El Estado deberá poder, liberalmente, responder a esa prueba. En términos externos, de otro lado, los requerimientos transnacionales de gobernabilidad global no deben desatender la realidad interestatal emergente. Esta requiere de un ejercicio de balance de poder, que sin postergar la cooperación del momento económico procure atajar la vocación de predominio de nuevas potencias antioccidentales. Al respecto, la experiencia del equipo que acompaña a Obama sabrá buscar un nuevo equilibrio entre diplomacia y coacción que definen tanto el poder como la influencia.
Ello supone reconocer que la lucha contra la recesión, el terrorismo, la proliferación nuclear, y la actualización de los Objetivos del Milenio, que encabezan la agenda global del presidente electo, no desatiendan la necesidad de distinguir entre las potencias emergentes convergentes de las antagónicas. Más allá de los requerimientos concretos de las guerras de Iraq y Afganistán, los asesores de Obama deben poder diferenciar entre los razonables equilibrios de una multipolaridad en proceso de construcción y el abandono de esta al imperio de sus actores más agresivos. En nuestra región esta disposición debe reflejarse en la renovación del sistema interamericano, en el trato privilegiado con estados democráticos y de economías abiertas antes que con aquellos que representan el 'ancient regime' (como Cuba y sus afiliados).