Por Raúl Cachay A. Periodista
En la última edición de un programa dominical, el periodista Martín Riepl viajó hasta Eindhoven, Holanda, para contarnos con el olfato de un puntilloso cazador de primicias todo lo que no está pasando con el futbolista peruano Reimond Manco.
Riepl se encargó de demostrar, con insólita insistencia, que a la figura del Mundial Sub 17 no la conoce nadie, que no juega nunca, que las postales con su imagen en la tienda de souvenirs del PSV están regaladas, en fin, que este muchacho que apenas estaba en condiciones de gestionar su DNI cuando partió de Lima por ahora la viene pasando un poco mal en su primera experiencia profesional fuera del Perú.
Más allá de la discutible pertinencia informativa de ese reportaje, vale la pena que empecemos a cuestionar los métodos que generamos para fraguar estrellas en un medio futbolístico ciertamente raquítico como el nuestro. No nos basta con haber transformado a una de las apariciones más gratas que ha tenido nuestro deporte en mucho tiempo en una suerte de engendro mediático, que aparecía en gigantografías publicitarias y se juergueaba codo a codo con los manganzones del primer equipo aliancista en salsódromos y antros afines, todo antes de cumplir los 18 años de edad. Ahora queremos asediarlo en sus horas bajas: parece que disfrutamos al observar cómo el chico engreído que proclamaba el fin de su 'etapa' en Alianza Lima con tan solo un par de goles en Primera (uno de chiripa) hoy se ve forzado a pagar derecho de piso en una tierra lejana.
Ojalá que Manco triunfe en Holanda, que siga la senda de la 'Foquita' Farfán y que se convierta en ídolo de los mismos hinchas del PSV que aparecían en el reportaje preguntándose quién era ese chiquillo que hacía pataditas en las calles de Eindhoven. Y ojalá que Riepl (o el reportero televisivo de turno), en sus próximos viajes a Europa, trate de perseguir relatos más gratificantes y deje en paz a los peruanos que empiezan a escribir sus propias historias en la soledad a veces insoportable del desarraigo.