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EDITORIAL

Melting pot a la peruana

Por FranciscoMiró Quesada Rada. Director

"Ya no vamos a Nueva York porque no aceptan a Margarita en el hotel". Escuché decir inusualmente a mi padre con voz tronante, voz que le aflora cuando le molesta una injusticia. Han tocado a Margarita, ella es nuestra, es de la familia, pero en 1967 existía un fuerte racismo en Estados Unidos. Ella nació en Chincha, se llamaba Rosa Lobatón, solo que le pusieron Margarita cuando trabajó en la casa de mi bisabuelo Rómulo Jordán, cuidando a mi madre. Tenía un ritmo y una sazón extraordinarios, fue una de las personas que me enseñó a bailar desde muy chico. Las otras fueron 'Racso', sí increíble, mi abuelo, Judith y 'Virucha' Rada.

Si soy grone, no fue por ella; siempre sospeché que era de la 'U'. Esto podía tener su explicación porque trabajó en esa casa de mis bisabuelos, que se ha caído con el terremoto, donde vivía nada más y nada menos que Orestes Jordán, el 'León Chinchano', compañero de Lolo, el 'Cañetano', y considerado el segundo mejor en su puesto, luego del pequeño, fino y elegante Nicolás Fuentes. Secó a Garrincha.

En 1964 viajé a la Babilonia moderna en APSA, una aerolínea nuestra, lo que me llenaba de orgullo por ser un avión con bandera peruana. Eran buenos tiempos, al menos para mí, tenía 17 años y fui a vivir con la familia Fruhauf, mi familia estadounidense, donde el papá Mr. William, era abogado de una sinagoga, y la mamá trabajaba en la sección zapatos para mujeres de Bloomingdale's, esa histórica tienda neoyorquina, una típica familia americana de esa abundante clase media. William the second estaba en el Mac Berny's School, un colegio integrista, yo lo acompañaba. ¿Un colegio integrista, qué es eso le pregunté? Me dijo, un colegio donde vamos todos, ellos y nosotros, señalando a un grupo de jóvenes negros. Estuve casi tres meses en la Babilonia moderna y me vine a mi plural Perú, antes hice escala en Miami, me acuerdo como si fuera ayer, que me alojé en el Everglades Hotel, al parecer 'integrista'. Tomé un ómnibus para conocer la ciudad, linda palabra latina que usamos los peruanos y que significa 'todos', pero cuando estuve adentro me quedé agarrado con fuerza del pasamano, desconcertado, dubitativo, angustiado, porque veía en la parte de adelante puro blanco y en la de atrás puro negro. Pensé, "ni en mi país que también es racista". Recordé que hacía unos años estuvo en la casa de mi padre un destacado matemático de color, apellidado Ellis, quien se alojó en el otrora hotel Bolívar y no pasó nada. Entonces no somos tan racistas. Algunos lo son.

Margarita vivió en París, se paseaba por los Champs Elysées y Saint Germain des Prés. En Francia empezaba la migración africana y árabe, aunque para precisar los árabes son también africanos, no solo asiáticos, y aunque queramos o no, el español tiene 3.500 palabras de origen árabe. ¡Qué maravillosa cultura!

Con el tiempo, como en Estados Unidos, la blanca y albina Europa empezó a convertirse en un melting pot. El racista Le Pen piteaba contra el equipo francés de 1998, diciendo que no parecía un equipo francés. Sucedió en Inglaterra, ahora en Alemania, Suecia y Holanda sobre todo y empieza a suceder en España e Italia. El fenómeno de la migración es imparable; no lo para ni un oprobioso muro. Ahora que ganó Barack Obama, que inspira este artículo, el melting pot de los gringos ha barrido; esto es bueno para los estadounidenses y para el mundo, sobre todo por el Perú que no es solo biodiverso sino sociodiverso, hay mucho de todo en nosotros, eso está hasta en nuestra deliciosa comida, ahora por fin internacionalizada, gracias a unos pioneros que se atrevieron a dar el paso.

Mi amigo Paul Colinó, líder del Movimiento Negro Francisco Congo, ya no tendrá que venir a reclamarme porque aparezcan avisos racistas en nuestro Diario, como lo hizo en aquella lejana época en que compartía la subdirección con mi primo Alejo. Pero si por error involuntario pesca de nuevo uno, que me lo haga saber, aquí lo espero. El racismo no ha muerto, es cierto, pero está herido de muerte.

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