DEL EDITOR
Por Virginia Rosas
Fue un gran error de los republicanos creer que el estadounidense promedio era como Sarah Palin: blanco, anglosajón, religioso, cargado de fusiles y habitante de pequeñas ciudades en el centro del país. Según el politólogo Francis Fukuyama, el estadounidense promedio actual es alguien como Obama, un hijo de inmigrantes que vive en una ciudad grande. La familia convencional norteamericana ya no sobrevive ni en las series de televisión.
Barack Obama es el primer gran dirigente occidental que proviene de la diáspora africana. Su padre era hijo de un pastor de cabras de la etnia luo en Kenia. La familia del presidente electo es un mosaico de razas y culturas, con un padre africano ausente, un padrastro indonesio y unos abuelos blancos que se encargaron de su educación. Sus compañeros de colegio en Yakarta lo recuerdan como 'Barry' (el sobrenombre que utilizaba para no llamarse Barack) Soetoro (el apellido de su padrastro). "Disfuncional", dirían los psicólogos. "La familia tal como existe actualmente", alegarían los sociólogos.
Obama no hizo de la raza un tema de candidatura, a diferencia de Jesse Jackson y Al Sharpton, sino se promocionó como un político demócrata muy bien preparado. El que fuera negro era un dato adicional, como ser joven, delgado u orejón.
Pero, salvo el color y el alto nivel de educación, la familia que en enero próximo habitará en la Casa Blanca tiene todo de convencional. Una familia típica norteamericana con abuelita --la madre de Michelle vivirá con ellos-- y perro incluido. Ya se sabe que Sasha y Malia, las dos hijas de Obama, tendrán una mascota que podría ser un golden poodle, una raza híbrida entre el golden retriever y el poodle. "Un perro de raza mezclada como yo", ha dicho en son de broma el presidente electo mientras buscan el can que acompañará a las niñas.
Cuando a comienzos de semana Michelle y Barack visitaron al presidente George W. Bush, la esposa de este, Laura, los hizo visitar sus futuros aposentos y hasta se dieron tiempo para conocer a Barney, el terrier escocés que el 7 de noviembre mordió a un periodista de la agencia Reuters.
Pero ni un mastín en la Casa Blanca sería suficiente para cuidar la vida de Obama en un país donde los magnicidios no son raros: cuatro presidentes en ejercicio fueron asesinados (desde Abraham Lincoln, en 1865) y otros nueve sobrevivieron a atentados, sin contar los políticos prominentes que sucumbieron a las balas, entre ellos dos afroamericanos: Martin Luther King y Malcom X.
EE.UU., que defiende el uso libre de armas de fuego en su propia Constitución, ostenta el récord de asesinatos masivos a manos de desquiciados o extremistas capaces de aprovisionarse de verdaderos arsenales en el supermercado. Aunque el estadounidense promedio haya cambiado, como dice Fukuyama, sería ingenuo creer que ya no existen los radicales racistas capaces de convertir a Obama en el hombre por abatir.