Por: Juan Paredes Castro
Cuando en el 2000 hubo necesidad de buscar una salida democrática al súbito derrumbe del autoritarismo fujimorista, la Mesa de Diálogo de la OEA emergió de milagro.
Decimos de milagro, porque en el Perú no había un sistema de partidos --que en verdad nunca lo hemos tenido-- y porque los partidos que existían con alguna credencial democrática solo podían tomar forma consistente alrededor de una mesa de diálogo, apoyados, además, en la muleta internacional de la OEA, que, en contingencias como estas, sirve de mucho.
Los partidos que hasta entonces sí tenían consistencia, consistencia autoritaria por supuesto, eran los del régimen fujimorista.
Así las cosas, y cuando ya no creíamos que necesitaríamos mesas de diálogo, entre otras cosas porque sobrevinieron procesos electorales, y a la luz de estos algunos partidos cobraron nueva vida y otros trataron de parecerlo más que de serlo, hemos tenido una vez más que acudir no a una sino a varias de ellas para sofocar los conflictos sociales en ebullición al interior del país.
Pero así como la Mesa de Diálogo de la OEA funcionó y produjo resultados importantes, a tal punto que la casi totalidad de sus acuerdos se tradujeron, si no en leyes, en condiciones claves para la transición democrática, el proyecto del actual primer ministro Yehude Simon de instaurar mesas de diálogo allí donde el Estado no es interlocutor válido supone esperar de estas algún tipo de utilidad práctica, por lo menos en la aproximación de las partes en confrontación.
Las mesas de diálogo no deben tener los defectos de las instituciones que momentáneamente pretenden reemplazar (Gobierno, Estado, Justicia, Seguridad Interna). Quien vaya a ellas debe saber que tiene que oír al otro, es decir, saber escuchar; como también entender que hay quienes piensan de manera diferente y cuyas opiniones deben ser toleradas. Las mesas de diálogo funcionan con verdad, transparencia y tolerancia. Sin estos requisitos, no hay bombero que apague un incendio político hasta en el mayor reino de la tranquilidad.
No armemos, pues, mesas de diálogo por armar. Démosles contenido de solución y confiabilidad. No las inventemos desde escritorios del Gobierno Central. Propiciemos su formación allí donde son necesarias y donde seamos capaces de sentar, a su alrededor, a interlocutores válidos y representativos, para que lo que se trate y se acuerde en ellas tenga algún sentido fructífero y perdurable.
Finalmente, las mesas de diálogo deben estar destinadas a reforzar los canales naturales y legítimos de una democracia. No a reemplazarlos.