1. ¿Este ambiente fue pensado específicamente para su taller?
Bueno, antes yo tenía mi taller en este mismo lugar, solo que era un espacio abierto porque era una cancha de frontón. Cansada de tener que limpiar un espacio inutilizable, decidí hacer una remodelación. Giacomo Cánepa se encargó de ello. Los colores corrieron por cuenta mía por ser mi espacio de trabajo.
2. Es muy particular...
Al haber sido antes una cancha amplia, se aprovechó esa característica para crear dos niveles. Fue maravilloso que saliera a doble altura. El segundo nivel, por ejemplo, es un espacio de serenidad para darle vuelta a las ideas, y el primero es como la cocina donde uno se pone a trabajar, todo está a medias porque las cosas se van transformando.
3. ¿Qué elementos aprecia más?
El mueble morado que está cerca a la escalera, por ejemplo, porque fue para un Casa Cor, y el cuadro de Emilio Hernández (el de la fotografía), de su época 'pop'. Lo tengo hace mucho tiempo, cuando él hizo un viaje hace treinta años, se fue y me quedé con esto.
4. Me imagino que aquí pasa la mayor parte del tiempo...
En realidad, solo en las épocas en que uno trabaja con mucha necesidad y carga, pero pronto se va agotando ese ímpetu por crear. Había otros momentos en que me quedaba mucho en mi habitación, cosiendo. Ahora, este gusto se ha trasladado a mi taller.
5. ¿Qué siente que le falta a su taller?
No le falta nada, desde que uno llega ve los colores, las plantas alrededor porque soy muy terrestre, amo la naturaleza. Ahora, mi taller ha sufrido transformaciones, siempre muta: ha pasado de ser surrealista a más local, más serrano.
6. ¿Qué comentarios ha recibido sobre su casa?
Mis invitados se asombran porque se trata de un lugar que no se parece a mi casa --una peruana clásica por donde se mire--. Efectivamente, es un espacio diferente, además de que las plantas lo terminan de enmarcar o completar, como las buganvilias fucsias allí afuera.