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CRÓNICA. POR EL AMOR DE UN PADRE

Demasiado joven para sufrir

Un niño de 6 años le pidió al asesino de su padre que por favor no le disparara más. Esta es la historia de una vida tempranamente marcada por una tragedia sin nombre

Por Alberto Villar Campos

Sentado sobre su cama, con las cortinas cerradas en una habitación que se sostiene apenas con la luz de un pequeño televisor, el niño pasa sus días encerrado en un mundo que solo él comprende. Tiene 6 años, los suficientes como para que su historia sea injusta de inicio a fin y para que el silencio sea, de momento, su único y mejor aliado. Con una vida tempranamente marcada por una muerte, la decisión del encierro parece ser la respuesta posible frente al dolor. La mirada del pequeño se pierde en esos dibujos de TV que son lo único a lo que él es capaz de llamar vida.

Es el martes 11, han pasado largas horas desde que el niño vio a su padre moribundo el jueves 6 y desde que, tras dos cirugías de urgencia, este murió al día siguiente. Pero la imagen de Rully Guzmán Ccorahua (31) se mantiene allí todavía. "Él --dice Karina Guzmán, hermana del fallecido; se refiere al pequeño-- estaba en ese mismo cuarto cuando vio a su padre llegar, ensangrentado. Un instante después, le dispararon de nuevo. Entonces el niño se abalanzó hacia él, cubrió su cuerpo y le pidió al asesino que por favor dejara de hacerlo".

El criminal tenía una media de nylon cubriéndole el rostro y quién sabe por qué decidió hacerle caso. Antes de dejar la casa, situada en el barrio Inca Manco Cápac (San Juan de Lurigancho), el hombre lanzó unas cuantas groserías al aire, miró al niño y, finalmente, lo encerró junto con su padre en la habitación.

DESPUÉS DE TIEMPO
Rully Guzmán se ganaba la vida confeccionando ropa. Hacía poco más de un mes había adquirido dos máquinas de coser industriales y vivía con su madre, su hermana, los tres hijos de esta y con Kathy, su conviviente y madre, a su vez, de otros tres niños.

El jueves 6, día en que lo abalearon, Rully se había reunido con dos amigos a tomar cerveza en una tienda cerca a su casa. Juan Sánchez Capcha, otro de sus compinches de juventud y a quien no veía hacía ocho años, regresaba de su trabajo. "Cachaco", exclamó el confeccionista.

El inesperado reencuentro hizo que los cuatro decidieran llevar unas cervezas más a casa de Rully. No mucho después, empero, Juan y su amigo se quedaron solos en la puerta del lugar. Eran las 2:15 p.m. "Hablábamos de nuestras familias --dice Sánchez, en la cama número 20 del pabellón de cirugía torácica del hospital Hipólito Unanue--, cuando tres encapuchados llegaron y empezaron a golpear a Rully con palos. Yo me levanté, pero uno de ellos sacó una pistola y disparó". A Sánchez lo habían herido en la pierna. Segundos después, una nueva bala rozaría el meñique de su mano izquierda. "Cerré los ojos. No recuerdo más", añade.

Mientras tanto, Rully entró corriendo a su casa, pero un disparo de los matones lo tiró al suelo. A pesar de ello tuvo fuerzas para llegar al cuarto del niño, donde, solo después de que el asesino dejó el lugar, fue capaz de cerrar sus ojos. "Mi padre y mi hermano me llaman", le dijo el confeccionista a su mujer el viernes 7 por la noche. Poco después, se lo declararía muerto por paro cardíaco.

LA PESADILLA NO TERMINA
Desde aquel día, sostienen los familiares de Rully, los cinco niños que estuvieron en la casa esa tarde (cuatro de ellos no presenciaron la escena) se rehúsan a dormir a oscuras, tienen constantes pesadillas y no quieren ir al colegio. "(El niño) solo quiere estar en el cuarto, viendo televisión", dice su madre.

Desde aquel día, además, la policía no ha acudido a la casa para investigar las razones del ataque. El Comercio intentó ubicar el expediente de la investigación, pero los jefes de las comisarías de La Huayrona y Canto Rey no daban razón de este. "Lo único que queremos es justicia", dice Kathy. "Lo único que quiero es volver a trabajar --dice Sánchez Capcha--. Pero tengo miedo de volver a ser atacado por esas personas".

Aunque su familia lo ha negado, Rully Guzmán Ccorahua purgó condena en el penal de Lurigancho entre el 2003 y el 2004 por robo agravado, según información del INPE. ¿Existe acaso relación alguna entre los disparos que este recibió y el pasado que algunos tratan de negar?

Mientras esto ocurre, María Teresa Mosquera, directora de la ONG Acción por los Niños, lamenta que hasta ahora no se le haya brindado atención psicológica a este niño y a los otros que estuvieron en la casa el jueves 6.

"Los menores que pasan por situaciones como esta tienen problemas para hablar y se retraen. Este caso, sin embargo, puede ser aún peor: el pequeño puede sentirse culpable porque su padre, finalmente, murió".

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