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¿Nuestro Estado se mirará el ombligo frente a los TLC?

Por: Juan Paredes Castro

Nos parece muy bien correr tras los TLC del mundo. Revela nuestro deseo de jugar en primera división. ¿Pero cuál es nuestra oferta interna, desde un Estado y un sistema político que hacen complicada la vida de las inversiones?

Quizás ha hecho falta que el APEC tenga como sede nuestro país para que el presidente Alan García sea capaz de concentrar no solo la atención de los gobernantes y de las economías de alta escala que nos visitan, sino también de quienes, junto con él, en el concierto peruano, deben emprender la esforzada tarea de volver ágil y eficiente el Estado; más representativo y confiable nuestro sistema político.

Es una invitación, por supuesto, a que el Estado y el sistema político se miren el ombligo y descubran que sus debilidades e incapacidades pueden herir de muerte las mejores oportunidades de bienestar económico-social que se abren a nuestras puertas.

Lamentablemente, la mirada de corto plazo de nuestro crecimiento económico reduce a la mínima expresión los efectos a mediano y largo plazo que se desprenden de un Estado que convierte realmente en tortura china cualquier trámite de creación de una nueva empresa y de un sistema político tan invertebrado e imprevisible que nadie sabe lo que pasará mañana mismo en materia de decisiones y cambios desde el poder político gubernamental y parlamentario.

¿Qué queremos decir con que el Estado y el sistema político se miren el ombligo y mejor si lo hacen frente a los desafíos del mundo moderno (el de la globalización) que golpea nuestras puertas? Quiere decir, entre otras cosas, que no nos creemos el cuento de que el Estado y el sistema político no son tan malos, que los daños que causan aun son tolerables y que si queremos superarlos necesitaremos un par de generaciones.

Nada más absurdo. Cuando Chile avizoró su crecimiento económico no se demoró en reformar e innovar su administración pública. Aquí nos hemos llenado de proyectos sobre ella pero no hemos tomado decisiones que la lleven en una dirección distinta. Insistimos en sostener estructuras burocráticas retrógradas. Y nos morimos de miedo por incorporar prácticas de eficiencia y transparencia que precisamente nos exigirá, a muerte, cada TLC que firmemos.

Seamos, pues, coherentes con nosotros mismos. Lancémonos al mundo. Pero hagamos algo para que el mundo que se lanza a invertir en el Perú no se encuentre con el Estado que en lugar de atraerlo lo ahuyenta y con el sistema político que en lugar de brindarle un sentido de futuro, es decir un horizonte, le hace ver el abismo al otro lado de la esquina.

Ese es el antiparadigma que tenemos que dejar atrás.

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